Con moraleja

 

Hoy creo que no voy a escribir sobre el relato juvenil, que ha hecho que abriera el blog, sino sobre un hecho que he visto esta mañana y que me ha hecho reflexionar.

 

 Trabajo de cara al publico y son muchas las personas con las que debo tratar a diario y debo decir que me encuentro con todo tipo de gente: padres de familia, ancianos que a veces buscan algo de conversación ya que se encuentran muy solos, abogados, médicos, mucha gente en paro o disminuidos físicos y/o mentales.

 

 Cerca de mi lugar trabajo hay un colegio en que el enseñan a integrarse en la sociedad a personas con algún tipo de retraso; les enseñan a ir a la comprar, a cocinar… y lo más importante, les dan la formación necesaria para desarrollar un oficio y el día de mañana puedan valerse por si mismos.

 

 Como cada mañana, sobre las once y media, estos chicos tienen un rato de descanso que podría considerarse como un recreo, en el cual aprovechan pera desayunar. Hacen unas compras y vuelven a su lugar de trabajo. Cuando entran por la puerta, nos saludan por nuestro nombre y nos preguntan que tal estamos, de hecho algunos consideran que somos amigos suyos, y dada la calidad humana de estas personas a mí también me gustaría ser amiga suya.

 

 Hoy ha sido un día como cualquier otro, excepto por la cantidad de clientes. Dos chicas del colegio especial han entrado y como tienen poco tiempo y han visto que había muchísima gente, han decido que una se quedaría en la cola esperando el turno y que la otra iría a por lo que iban a desayunar.

 

 La fila iba disminuyendo, era su turno pero su compañera no había llegado, así que dejó pasar al siguiente cliente. Parecía que todo marchaba bien. Al cerrar la cuenta de la persona que amablemente había dejado pasar delante de ella, apareció la compañera con su bocadillo de queso y su coca cola.

 

 – Ahora nos toca

 

– No, no. Ahora te esperas un poquito que tengo mi compra aquí. La señora que habían dejado pasar, iba con su insolente hija que pronunció esta frase.

 

Para intentar calmar un poco los ánimos, me atreví a decir que ellas estaban en la cola y que habían dejado pasar a su madre, pero que ahora era su turno. El resultado no fue el esperado y con muy malas formas insinuó que las chicas estaban siendo unas maleducadas y que yo no estaba haciendo mi trabajo correctamente.

 

 Intentando evitar que se formara más jaleo que los chillidos de la mujer y de su madre una de las chicas decidió irse y la otra se quedó esperando pacientemente a que pagara la compra y escuchando todo lo que la mujer soltaba por su boca.

 

 Por fin su turno, ella no quería molestar y mucho menos que la señora se enfadara con ella. Para lograr que tranquilizara y para quitarle hierro al asunto la he dicho que se tranquilizara que con quien se había enfado era conmigo. En ese mismo momento se ha puesto llorar, mientras la mujer amargada se iba dando voces por todo el supermercado.

 

 – No quiero que se enfaden contigo, que eres muy buena. No quería que se enfadara- Dijo entre sollozos

 

– No te preocupes. Era una maleducada y no tenía modales.

 

– Bueno, hasta mañana.

 

– Hasta mañana, y no llores más. Tranquilízate que no pasa nada.

 

 Hoy he aprendido una valiosísima lección, de mano de una persona que tiene recursos limitados. No siempre el dinero lo puede todo, la educación y el respeto hacia los demás es lo más importante si queremos que se nos trate como personas civilizadas. El egoísmo es un sentimiento humano, pero tenemos que moderarlo y no tratar de imponer nuestro criterio porque no sabemos a quien tenemos al lado y el daño que podemos ocasionar. Desde aquí quiero mandar un abrazo muy fuerte a todas esas personas que en alguna ocasión se han sentido maltratadas por la sociedad, pero especialmente a las personas que sufren alguna minusvalía física o mental, pero que regalan su enorme corazón y su sinceridad a quien ellos piensan que no van a hacerles daño.

 

 

 

 

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Un comentario en “Con moraleja

  1. hollyhobbie29 dijo:

    Gracias por leerla y sobre todo por comentarla. Creo que no podía dejar de ecribir lo que he vivido hoy. No hay nadie que esté por encima de nadie. He tenido mis dudas. No sabía si se entendería bien o si podía sentar mal, pero al fianl me he animado y ha salido así.

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