Decisiones

 

No sabían muy bien donde ir, Lucia y Cristina estaban cansadas de sus zapatos de tacón y no querían andar mucho, así que al final optaron por coger el metro e ir a Sol para desayunar en la mítica San Ginés. Pudieron sentarse, a pesar de lo colapsado que estaba el metro. Durante el trayecto, Lucia soltó varias indirectas hacia David. La réplica no tardó en llegar.

 

No quería admitirlo, pero Lucia estaba algo molesta y a la vez celosa. David no había cumplido lo que días atrás le había prometido.

 

 – No puede ser que el otro día me digas que me vas a esperar y que quieres que estemos juntos y vas y te lías hoy con una de tu trabajo

 

– Yo soy libre, puedo hacer lo que quiera y estar con quien quiera ¿no?

 

– Si, tu mismo.

 

– Además, si cierta persona me dijera que quiere estar conmigo, lo dejo todo.

 

– ¡Que fuerte!

 

 Sabía que David tenía razón en sus argumentos, pero Lucia era demasiado orgullosa como para darle la razón tan fácilmente. No podía pedirle nada, ella le había dicho que estaba enamorada de otra persona y le había cerrado la puerta del corazón en sus narices, pero tampoco podía dejar de sentirse traicionada.

 

 Dieron por finalizada la conversación cuando llegaron a su destino, aunque no llegaron a ninguna conclusión. Anduvieron hasta la famosa San Ginés, para comprobar que no podrían tomar su desayuno, por la cantidad de gente que había. Ya era muy tarde, y estaban cansados. Lucia sabía que cuando llegara a casa iba a encontrar chocolate y porras que su padre había comprado, así que le daba un poco igual irse a casa, de hecho ella fue la que propuso que lo mejor sería que cada uno se fuera para casa.

 

 Al llegar a casa lo primero que hizo buscar en el salón las porras. Encontró los restos de lo que parecía una buena fiesta y pensó que algún día ella también disfrutaría de esas fiestas junto a su familia, pero aún no era el momento y prefería compartir esa noche con sus amigos. Abrió una caja que parecía de pizza, y allí estaba su merecida recompensa. Calentó un vaso de chocolate en el microondas e intentó meterse en la cama para descansar un rato. Durmió tres horas, se levantó y descubrió que todos estaban dormidos. Lo que había sobrado de la cena, era lo que iban a comer, y la verdad es que no le apetecía mucho, así que cogió el teléfono y mandó un mensaje a Álvaro. Estaba despierto, como ella y la invitó a su casa para ver una película. Cuando llegó, la madre de Álvaro ya había preparado la comida, para ella también. Al terminar recogieron la mesa y se fueron a su habitación, conectaron el DVD, se tumbaron en la cama y al cabo de los diez minutos ya estaban dormidos. Al final el sueño los había derrotado. Cuando se despertaron, vieron que ya había anochecido y que la película había terminado. Estaban arropados con una manta azul a cuadros, que alguien había colocado encima de ellos. No era la primera vez que compartían cama, pero esta vez era especial para Lucia.

 

 Tras despejarse un poco y acomodarse un poco el pelo y la ropa, se fueron a casa de Lucia. Sus padres no estaban preocupados porque ya estaban avisados de donde estaba. Había llegado toda la familia para comer y pasar la tarde, y como no, una echar una partidita de Parchís, todo un clásico para cualquier celebración que se precie.

 

 Terminaron las navidades, y todo volvió a la normalidad. Lucía retomó sus clases y continuaba quedando con David por las tardes, a pesar de la discusión mantenida en nochevieja. Alguna tarde, se apuntaba Álvaro, con la excusa de comprar algún CD o dar una vuelta por el centro.

 

 – Álvaro, tu que intenciones tienes con Lucia.

 

– Por mi parte tienes el terreno libre, yo ya se lo he dicho a ella. Ojala pudiera sentir lo que ella siente por mi, pero es imposible. Yo la quiero mucho, pero es como si fuera mi hermana y no puedo verla de otra manera.

 

– Ella está muy enamorada de ti.

 

– Ya lo sé, pero yo no puedo sentir nada por ella.

 

 Tras esta conversación, David recuperó la confianza e hizo todo lo posible por conquistarla, aunque tuviera que esforzarse aún más, pero sabía que si lo conseguía la recompensa iba a ser mayor.

 

 Pasó el invierno y comenzaron las vacaciones de Semana Santa, ya era marzo y las duras y frías noches de invierno habían acabado. David había tirado la toalla, viendo que con Lucia las cosas no progresaban, se habían quedado en la estación de amigos y parecía que el destino era lo que quería para ellos. David empezó a salir con Virginia, parecía que iban en serio, todos los amigos ya la conocían y parecía que caía bien. Era la antitesis de Lucia; morena, con media melena, bajita y de constitución fuerte. Lucia también la conocía de verla un par de veces por Arguelles y no podía entender como David la había cambiado por ella, pero era su decisión y tenía que respetarla. Nuevamente, se sintió celosa, pero comprendió que David tenía que hacer su vida y esta vez no le reprochó nada, más bien al contrario.

 

 – Me alegro, de verdad.

 

– Gracias, aunque prefería estar contigo. Ella ya sabe que eres tú la que ocupas mi corazón y que si algún día cambias de opinión, lo nuestro se acaba.

 

– ¿Y ella lo ha aceptado si más?

 

– Si, debe de estar muy segura de que no cambiarás de opinión

 

 Esas palabras, hicieron que Lucia reflexionara. Las cosas habían cambiado sutilmente y ella empezó a mirar a David con otros ojos. Esta vez era diferente, era como si le hubiera perdido para siempre, y no podía soportar esa idea.

 

 

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