El Capitan Planeta

Había estado haciendo planes durante toda la semana con Patricia. Vivían muy cerca pero tan solo podían verse unos minutos antes de ir a merendar y los fines de semana. Lo pasaban muy bien juntas, aunque tenían un límite muy claro: no salir del parque grande. Desde las ventanas de las cocinas de sus casas, sus madres podían saber donde estaban y que hacían en todo momento. Pero a lo que no podían poner límite sus madres, era a su imaginación.

 Tenían la misma edad, y aunque no iban al mismo colegio compartían muchas cosas y les gustaban los mismos programas. No resultaba raro verlas en aquel parque creyendo ser las protagonistas de las series que seguían, representando lo que habían visto o cuando el tiempo se lo permitía improvisar una nueva versión. Muchas veces imitaban aquel programa que consistía en superar pruebas y se las veía saltar encima del banco verde metálico, subiendo y bajando del tobogán o dando vueltas alrededor de los chopos que adornaban el parque. También se podía oír como entonaban las canciones o las presentaciones que hacían de los concursantes. De vez en cuando, otros niños se sumaban a sus juegos, algo que ellas agradecían.

 Una tarde de primavera, me asomé a la ventana y pude ver como hablaban y se daban indicaciones, aunque no pude escuchar lo que se estaban comentando. Salí de casa y bajé hasta el último peldaño porque quería disfrutarlas lo mejor posible. No quería que me vieran, seguramente que su teatro no sería el mismo si tuvieran espectadores.

 –          Mejor “El Capitán Planeta”

–          Vale. Yo seré viento

–          Pues yo agua.

 Era una tarde muy agradable. El sol lucía con fuerza y el cielo estaba despejado. Tan solo una ligera brisa refrescaba el ambiente. Seguí atentamente sus gestos y palabras. Era  muy llamativo observar como se metían en su papel. Tan solo con nueve años eran capaces de interpretar a la perfección los personajes de aquella serie, que yo no había visto jamás, pero de la que pude intuir su trama por lo que decían:

 –          Por nuestro Planeta- Gritaron a la vez

–          Yo tengo el poder del viento

–          Yo tengo el poder del agua

–          Tenemos que luchar contra nuestros enemigos.

–          Necesitamos la ayuda del Capitán Planeta. Invoco al poder del agua, que traiga lluvia para que limpie toda la contaminación.

–          Invoco al poder del viento.

 Levanté la mirada, el sol había desaparecido, unas nubes negras se habían apoderado del azul celeste del cielo y la ligera brisa, antes agradable, se había trasformado en un viento casi insoportable. Inmensas gotas empezaron a esparcirse por el parque, Patricia y Julia se quedaron sorprendidas y pude escuchar a una de ellas:

 –          ¿Habremos provocado nosotras la tormenta?

 Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que el Capitán Planeta había acudido a la llamada de estas dos niñas para limpiar el planeta. Desde el balcón de mi habitación podía observar el smog que envolvía la ciudad. Tal vez esta lluvia que nos había traído el Capitán Planeta podría haber servido de salvación.

 En realidad el Capitán Planeta había aparecido para cuidar mi ingenuidad, para salvaguardar mi pensamiento mágico.

La piscina de Pablo

Trabajo de cara al público, y como tal estoy expuesta a un sinfín de anécdotas. Algunas son divertidas, otras tristes, aburridas…pero siempre me hacen ver cosas que antes no veía.

 Una tarde de verano, concretamente en el mes de agosto, cuando la mayoría de las personas normales, con un trabajo normal están de vacaciones. Se preveía que sería una tarde normal, con pocas ventas y no mucho que hacer. Ya habíamos limpiado todas las estanterías y la gente prefería estar en la piscina.

 De repente entró Pablo por la puerta, que no era más que un niño que no debía superar los cuatro años. Ya habíamos hablado en un par de ocasiones. Era un niño muy sociable, cariñoso y simpático. Cuando pasó por mi lado, me dedicó una bonita sonrisa y me dijo:

 –          Hola

–          Hola Pablo, ¿Qué tal? ¿Hace mucho calor a que si?

–          Si, vamos a comprar

–          Muy bien.

 Iba acompañado de su madre y le hizo gracia nuestra conversación. Cuando hicieron las compras, la madre decidió pasar por otra caja, pero Pablo se empeñó en que quería pasar por la mía, y como no había mucha gente la madre accedió.

 –          ¿Sabes que? Nos vamos a ir a la piscina. – Parecía como si Pablo hubiera estado esperando toda su vida ese momento. Le encantaba ir a la piscina, pude notarlo en la entonación de sus palabras.

–          ¡Ala! Que suerte, yo también quiero ir.

 Durante unos instantes se quedó pensativo y levantó la cabeza hacia donde estaba su madre. Algo se le estaba pasando por su cabecita. Antes de irse, quiso dejar echa la invitación:

–          Puedes venirte con nosotros.

 No le di más importancia y acepté la invitación, sin percatarme de que Pablo lo estaba diciendo muy en serio.

–          Pero hay un problema- dijo con rotundidad-

–          ¿Cuál?- Pregunté sorprendida

–          Pues que está llena de algas y tenemos que limpiarla.

 Cual técnico de piscinas, empezó a explicarme lo que tenían que hacer. Estaba dispuesto a dejar la piscina impecable, eso si, contaría con la ayuda de papá. Afortunadamente, no había nadie detrás de ellos, así que pude escuchar con atención sus comentarios.

–          Estoy pensando que tenemos otro problema

–          ¿Otro?

 Su madre seguía atenta la conversación de Pablo.

–          La piscina está en el pueblo y hay que ir en coche. Así que el día que vayamos a ir, te llamo y te recogemos.

–          Vale Pablo. Cuando termines de limpiar la piscina me recoges y nos vamos

 Volví a aceptar la invitación. Pablo lo decía muy en serio, pero pensaba que era una cosa de niños y que en cuanto saliera por la puerta se le olvidaría el ofrecimiento. Me despedí de ellos y deseé volver a verlos otro día.

 Pasaron varios días, y no volví a ver a Pablo. Pero sus padres vinieron al supermercado donde trabajo y me comentaron que Pablo estaba muy ilusionado, pero que tenía una preocupación:

 –          Tenemos que ir a pedirla el número de teléfono. Si no ¿Cómo voy a saber donde vive para ir a buscarla?

 Sus padres trataron de que olvidara esa idea, pero el estaba empeñado.

–          Bueno, pues nos pasamos por donde trabaja y la recogemos ¿no?

 Según me comentaron los padres, cuando iban al supermercado Pablo miraba por todos los lados por si me veía para decirme que la piscina estaba limpia y que ya podíamos ir.

Pasó el verano y Pablo volvió al colegio. Un día de otoño, me reconoció:

–          Estuve esperándote para ir a la piscina, pero cuando veníamos a buscarte no estabas.

–          Que mala suerte, con lo que me gusta la piscina…

–          No te preocupes, que cuando haga calor nos vamos, pero dame tu teléfono.

 No supe que decir, ni como reaccionar. Tan solo me salió una estúpida sonrisa que no se me quitó hasta que no pasaron varios minutos.

Ahora, cada vez que van al supermercado, Pablo mira hacia mi caja, ya que siempre estoy en el mismo lugar. Y cuando allí no me encuentra suele decir:

– ¡Vaya! No está mi amiga. Que mala suerte.

La Mala Suerte

 De todos los relatos que había escrito no sentía agusto con ninguno. Al final me decidí por este. Espero que os guste, aunque ya os voy adelantando que tengo que cambiar el final y alguna palabreja que me ha corregido el profe. Me ha dicho que he infantilizado el relato haciendo que hable el gato. Pero poco a poco.

Como cada mañana, salía hacer la compra diaria, leche, pan y huevos. Vivía sola y poca cosa más necesitaba.

 Si algún día no podía ir a comprar, una buena vecina que pasaba por allí preguntaba si necesitaba algo. Si no respondía, era que todo estaba bien y que ya se había encargado de su avituallamiento. Si por el contrario daba una palmada, la vecina ya sabía que ese día tenía que comprar más leche, más pan y más huevos.

 Era una mujer bastante independiente, no quería lazos ni amistad  con nadie. Tan solo cuando necesitaba algo, acudía a las personas que estaban cerca. Nunca había dado muestras de cariño. Ni marido, ni hijos. Pensaba que serían un estorbo y tampoco animales. Tenía suficientes problemas para subsistir ella, no podía pensar en cuidar ni de nada, ni de nadie.

 Salió temprano de casa para hacer su ruta habitual, pero antes quiso comprobar que hora era. Sacó el viejo reloj de mano que llevaba en el bolsillo, herencia de su abuela. Esta vez se quedó un buen rato mirándolo, apreció algo en el fondo que nunca antes había visto: una silueta de un gato negro en el centro del reloj. No le quiso dar mucha importancia, pensó que esa figura había estado siempre allí, pero como no prestaba mucha atención a los detalles, no se había dado cuenta.

 Emprendió su camino hacia la tienda, más un gato negro se le cruzó en el camino. No era supersticiosa, más no pudo evitar santiguarse. Paso que daba, gato negro que se le cruzaba. Llegó a pensar que se trataba del mismo gato que la estaba siguiendo, pero se quedó quieta un instante, volvió la cabeza y comprobó decenas de gatos negros a su espalda. Volvió a su casa, y los gatos detrás. Pensó que en su casa estaría salvo. Más cuando abrió la puerta encontró un enorme gato encima de la chimenea que la estaba esperando. Al igual que los demás gatos que se había encontrado por la calle, era negro. El gato bajó de la chimenea, se puso a los pies de quien sería su nueva dueña y le dijo:

 –          Soy tu mala suerte. He visto que estás sola y he venido a quedarme contigo. Me he traído algunos compañeros, para que no te olvides de nosotros.

 Desde aquel día, la desdicha se adueñó de su vida. Nadie quería acercarse a ella, ya que atraía LA MALA SUERTE.

In Ictu Oculi

La cebolla miraba el reloj. Tenía el extraño presentimiento de que algo especial iba a suceder. Aún era muy temprano, más las nuevas verduras y hortalizas no tardaron en llegar al cajón izquierdo de la nevera. Esta vez, un ajo también se coló dentro de aquel batiburrillo de alimentos.

 El flechazo entre el ajo y la cebolla fue instantáneo. Era muy raro ver un ajo por aquel lugar. A pesar de las diferencias, y del poco tiempo que habían compartido, el amor que se tenían era enorme y no tardaron mucho en hacer planes de futuro y promesas. Querían salir del cajón y emprender una vida juntos. La cebolla tenía claro que no quería acabar en la basura. Había visto partir a muchas de sus compañeras, que habían servido como acompañamiento en un delicioso plato o quizás habían terminado con unas lechugas y tomates en una simple ensalada.

Antes de que pudieran llevar a cabo su plan, los cocineros empezaron a seleccionar los ingredientes para el nuevo menú que iban a confeccionar.

 –          Ajos y cebolla. Se escuchó

 Esta vez no quería que la eligiesen a ella, tenía otros planes. No pudo despedirse del ajo, más al levantar la vista, vio que también iba a ser cocinado.

 –          Que bonito final. – Pensó la cebolla- Formaremos parte del mismo plato. Con nuestro sabor y textura podrán crear un plato maravilloso, que además estará repleto de amor. Las personas que nos coman, podrán sentirlo.

 El cocinero empezó a cortar el ajo en trozos muy pequeños. La cebolla no podía dejar de llorar. Estaba contemplando como su amor se iba apagando con cada corte. Los sentimientos de la cebolla eran contradictorios. Por un lado sentía un tremendo dolor por el amor que había perdido, pero a la vez guardaba la esperanza de formar parte de un suculento plato, con las partes inertes de su amado.

 La cebolla también fue pelada y, a medida que le quitaban capas, ella sentía más frío y se iba quedando más pequeña.

 –          Esta cebolla no nos vale. Dijo el cocinero.

 El corazón de la cebolla se había malogrado por la irreparable pérdida del ajo, su amor, su único amor. La cebolla acabó en la basura, sola y desnuda.

 

Ciudad Diamante

Floren vivía en una pequeña aldea. Como cada tarde salió a pasear por el magnifico bosque que había cerca de su casa.

Era una tarde normal, no hacía ni frío ni calor. El cielo estaba azul y el sonido de los pájaros era reconfortante.

Floren era muy observador e iba fijándose en cada uno de los pequeños detalles que asaltaban en su camino. Más fijó su mirada en algo que brillaba, detuvo su camino y se agachó a recoger el pequeño objeto que había llamado su atención. Era un diamante, pero no era un diamante cualquiera, ya que este tenía una puerta. Era la primera vez que veía algo así. No se lo pensó dos veces y abrió la diminuta puerta de la minúscula gema.

No sabía como, pero estaba dentro del diamante. Al principio solo podía ver una luz cegadora, pero continuó caminando y su sorpresa fue inmensa al descubrir que dentro del diamante había una pequeña ciudad. Todos sus habitantes iban vestidos de blanco y los edificios eran de un cristal brillante. El comportamiento era muy similar al que ya conocía. Se miró a si mismo y descubrió que el también llevaba ropas blancas, miró sus manos y vio que llevaba un gran anillo con un diamante. El primer pensamiento que le vino a la cabeza fue que se había convertido en un ciudadano más de aquella ciudad y que se quedaría allí para siempre. Esa idea no le disgustaba, ya que el sentimiento que tenía era bastante placentero.

La respuesta a sus preguntas no tardó en aparecer. Un pequeño grupo de gente de aquella ciudad diamante, empezó a rodearle y a murmurar. Señalaban el anillo, pero Floren no entendía nada de lo que allí estaba aconteciendo. Por fin una mujer le dijo:

 –          Te estábamos esperando. Pero has tardado mucho tiempo

–          No se de que me habla buena mujer

–          El anillo que llevas en la mano derecha.

 Floren se miró nuevamente la mano, seguía sin comprender nada.

 –          Eres nuestro rey.

–          Pero… yo no se ser rey

–          El anillo te dará todo el conocimiento que precises

 Floren no sabía que decir, pero decidió ser el rey de la ciudad diamante.

Ponerle cara a los zapatos

Cuando viajo en el metro me gusta realizar un sencillo juego para distraerme un rato. Ponerle cara a los zapatos. Es muy sencillo y cualquiera puede jugar. Tan solo hay que tener un poco de imaginación y prestar atención a los pequeños detalles.

 Se puede hacer a cualquier hora, pero es muy importante no saltarse ningún paso. Lo primero es mirar los zapatos de la primera persona que se cruce en tu camino. No vale mirar hacia arriba. Normalmente esto te dará una pequeña pista sobre si es hombre o mujer, aunque también puede despistar un poco, de hecho yo me he llevado algunas sorpresas. Hay gente que piensa que la cara es el reflejo del alma, pues yo opino que los zapatos son el reflejo de la personalidad de cada uno de nosotros. A través de los zapatos podemos averiguar si una persona es perfeccionista, desaliñada…lo que no podemos predecir es que tipo de persona son o  a que se dedican. Pues bien, esta es mi parte favorita del juego. Al mirar los zapatos me hago un esquema mental sobre que pantalones lleva, el jersey o camisa, el color de pelo o la estructura de su cara. Cuando ya tengo dibujado al sujeto en cuestión, voy subiendo la mirada para ver si coincide con lo que yo había imaginado. Algunas veces el resultado es tan similar, que hasta yo misma me sorprendo, pero por lo general no suelo acertar nada. Pero esto me divierte. En más de una ocasión, algún pasajero me ha sorprendido esbozando una leve sonrisa.

 También me gusta inventar sus vidas, intentar averiguar en que trabajan o hacia donde van. Muchas veces me pregunto si habrán quedado con alguien o simplemente se dirigen a sus casas después de un largo día de trabajo. Son infinitas las posibilidades, pero siempre me quedo con las ganas de saber si mis pensamientos son acertados o no. Pero ahí es donde reside la magia de este juego.

 ¿Alguien habrá mirado alguna vez mis zapatos?

 

El cuadro

Ernesto había pasado muchas vacaciones estivales en aquella casa de pueblo. Ahora solo acudía allí en fechas muy señaladas, pero ese fin de semana era especial. Quería visitar a su abuela, ya que en varias ocasiones le había dicho a través del frío teléfono que se encontraba muy sola.

 Nada más llegar, soltó su bolsa de viaje donde había metido muda para un par de días y le dio a su abuela un fuerte abrazo y dos efusivos besos. La anciana mujer no pudo contener las lágrimas.

 Ernesto, paseó su mirada por toda la casa, pero no pudo evitar detenerse en aquel cuadro que siempre le había llamado la atención. Estuvo delante del cuadro unos instantes, observando a aquella joven, la cual tan solo llevaba un ligero vestido azul, y que contemplaba el mar. De la muchacha tan solo podía verse la espalda, aún así sacó la conclusión de que se trataba de una chica joven.

 Inconscientemente, Ernesto regresó a su infancia por un momento, aquel cuadro evocó imágenes que creía olvidados. Sin saber muy porque, se dirigió hacia el desván, allí se guardaban todos los tratos viejos, los que ya no servían para nada, pero que daban pena tirar.

 Al subir al desván, encontró muchos juguetes de su infancia, aunque tan solo se conservaban los que estaban en mejor estado. Abrió una caja de zapatos para descubrir el calidoscopio que le había regalado su tío Luis. Había olvidado la importancia de aquel regalo, más volvió a meterlo en la caja, la cerró minuciosamente y la dejó en el mismo lugar donde lo había encontrado.