¡Despedida!

Era la primera vez que Irene era despedida. Aunque habían reconocido que era un despido improcedente no podía hacer nada.  Se había quedado en el paro en el peor momento, ya que había decidido cambiarse de casa. Ya tenía los papeles firmados, así que no podía echar marcha atrás.

Irene pensó que no había mal que por bien no viniera.  Llamó a su madre para comunicarle la noticia.

–          De momento no voy a buscar trabajo.

–          Pues tendrás que arreglar los papeles del paro ¿no?

–          ¡Que pereza! El lunes voy sin falta.

Pasó varios días enfrente del ordenador, actualizando su estado en las redes sociales y cambiando el curriculum. Creía que su último empleo le abriría muchas puertas y se inscribió en varias ofertas.

El lunes por la mañana, volvió a sonar el despertador a las 7:15 de la mañana. Aún no había perdido la rutina de madrugar y las colas del paro son interminables.  Una ducha para despejarse y buen desayuno para cargar las pilas. No fue muy veloz, ya que no tenía un horario que cumplir y la oficina del paro estaba relativamente cerca. Pensó que lo mejor  sería ir en coche, le daba mucha pereza pensar en caminar a esas horas, pero también tenía que buscar un sitio donde aparcar. Aquella zona estaba llena de vados y el acceso era peatonal, así que tenía que andar aunque no quisiera.

Se puso unos vaqueros, un jersey fino y las botas que se había comprado para ir a la oficina. Cogió la carpeta con todos los papeles que había firmado y se paró en una papelería hacer una fotocopia del DNI. Quería dejarlo todo resuelto esa misma mañana y no estaba dispuesta a que la dijeran que  le faltaba algún requisito.

–          Que de gente. Pensó

Se acercó al mostrador de “Información” para saber a dónde tenía que dirigirse. La mañana no empezaba bien. Detrás del mostrador solo había una silla vacía.  Mientras esperaba a que llegase la persona que tenía que ocupar esa silla, pudo observar que varias personas más, iban llegando a la oficina de empleo, iban cogiendo su papel y se sentaban en la hilera de asiento que Irene tenía justo a su derecha.

“Cada vez va entrando más gente. Voy a tener que estar aquí toda la mañana”

Irene levantó la mirada, después de revisar una y otra vez los papeles que lleva consigo para descubrir que, por fin había alguien detrás del mostrador.

“Menos mal, creía que no llegaría nunca. Normal que haya tardado tanto. Ya no puede con los años. Pero a mí, eso  me da igual. Tengo ganas de salir de aquí, e irme al centro a esperar a Elena. ¿Por qué siempre me toca esperar?

–          Buenos días. ¿Para apuntarme al paro?

–          Buenos días. ¿Cómo demandante o para la prestación? La mujer que estaba al otro lado del mostrador la miró  por encima de sus diminutas gafas, esperando una contestación por parte de Irene.

–          Pues…para las dos cosas

–          Primero tienes que inscribirte como demandante. Para eso tienes que coger turno donde pone “DEMANDA”. La mujer señaló con su dedo una máquina que distribuía los turnos. Cuando tengas el papel, coges otra vez turno, pero esta vez tienes que pulsar sobre “PRESTRACIONES”.

–          Muchas gracias, buenos días

Irene salió de la fila y se fue directamente a sacar el papelito. Se había fijado en como lo estaban haciendo los demás. Puso el dedo encima del botón que ponía DEMANDA  y salió un papelito con una letra y un número de tres cifras.

D121

Espere a ser llamado

Levantó la cabeza hacia el visor  y vio que tan solo le quedaban tres números.

–          Bueno, parece que esto no va tan lento como pensaba. A lo mejor me da tiempo a mirar unos modelitos en la tienda de enfrente.

Todos los números iban avanzando, menos el suyo. Se había quedado en el D119 y ya llevaba más de tres cuartos de hora esperando. Sabía que después tendría que esperar de nuevo. Si  al menos se hubiera llevado un libro para leer, la espera  no se haría tan pesada.  Irene no leía mucho y probablemente se hubiera cansado de leer a los diez minutos, hubiera cerrado el libro y se habría puesto a rebuscar el móvil en el bolso para llamar a Javier. Por fin apareció en la pantalla el D120. Irene miró por toda la sala y parecía que el D120 se había marchado.

–          Parece que me toca a mí.

Emocionada miró de nuevo hacia el visor, pero no vio lo que necesitaba. Una hora.

–          ¡Esto es increíble! Miró indignada el reloj.  Si al menos pudiera salir a comprarme una revista.

Se levantó de la silla, no podía permanecer más tiempo sentada. El caso es que no había tanta gente, pero ella seguía allí, pensando en la tienda de ropa, mirando el reloj y esperando a que el  visor le mostrara  el D121. Cuando regresó a su asiento descubrió que había sido ocupado por un chaval que no tendría más de veinte años. Ahora tenía que seguir esperando, pero de pie. Menos mal que no se había puesto tacones. Dio largos paseos por la sala de espera de la oficina sin apartar la mirada ni un solo segundo del maldito visor que también tenía sonido para indicarla que aún no era su turno.

Después de diez minutos más de espera, llegó su turno.

-¡por fin!

Una señorita se acercó a ella para decirla que tenía que esperar unos minutos más. Pensó que esperar unos segundos más no sería tan trágico. Tomó aire y volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado más de siete minutos y la señorita que la había atendido aún no había regresado a su puesto de trabajo.

Irene se estaba descomponiendo por momentos. Estuvo a punto de levantarse y marcharse, pero no lo hizo. Volvió la cabeza y vio que la mujer que la había dejado esperando más de diez minutos volvía de la calle, hablando amigablemente con una compañera y con vaso de café en la mano.

–          Lo siento, pero es que es mi hora de desayuno

–          No puede tenerme aquí esperando. Entiendo que es su hora de desayunar, pero su puesto tendría que quedar cubierto. Es indignante que tenga la desfachatez de decirme que se ha ido a desayunar

–          Si quiere puede poner una reclamación

–          Encima, ¿se ríe de mí? ¿Para qué iba a servir? ¿Para perder más mí tiempo?

La funcionaria se puso las gafas y tecleó rápidamente el nombre, los dos apellidos y el DNI de Irene. Le hizo unas cuantas preguntas y actualizó la demanda de empleo.

–          Aquí tiene. Debe venir a sellar este papel los días indicados. Si no estuviera en Madrid alguno de esos días, puede hacerlo por Internet o en la oficina de empleo de la comunidad donde se encontrase.

–          Muchas gracias. Adiós

Irene no podía entender como había perdido más de una hora para un trámite tan sencillo. Ahora le tocaba la segunda parte. No se encontraba de humor, pero lo que tenía claro era que ella iba a salir de aquella oficina con todo en orden. No quería perder otra mañana metida en aquella oficina oscura y sin personalidad.

Volvió a pulsar el botón, pero esta vez se fijó bien en que pusiera PRESTACIÓN. Otro papelito volvió a salir por aquella boca que no dejaba de escupir papeles con números y letras.  Lo miró con desdén mientras pensaba que al menos estaría allí una hora más.

A482

Espere a ser llamado

Iba por el A415, así que tendría que volver a esperar. ¿Cuánto más  tendría que permanecer allí? Ya no podría echarle un vistazo a la ropa de la tienda de la calle de enfrente. Había quedado con Elena para comer en el centro y ya, también dudaba de que fuera a llegar a tiempo, ya que eran más de cincuenta números y visto lo visto… Para su suerte, esta sección iba algo más ligera, pero aún así tuvo que esperar más de cuarenta minutos para ser atendida.

–          Buenos días. Quería informarme de cuanto me quedará de prestación y de cuando empezaré a cobrarla.

–          A ver, ¿ha traído el certificado de empresa?

–          Si

–          ¿Y el contrato?

–          Si, aquí tiene. ¿Alguna cosa más?

–          ¿Tiene los contratos anteriores?

–          No, pero ¿es necesario?

–          No, pero así le saldría más tiempo, aunque el máximo son dos años. Déjeme ver…

El hombre que atendió a Irene parecía muy hábil en su trabajo. Introdujo los datos en el sistema y le comentó:

–          Veo que has trabajado a tiempo parcial. Si encuentras el contrato, te quedará más tiempo.

–          Yo lo que quiero es agilizar el trámite. Así que prefiero dejarlo hecho hoy.

–          Pues lamento decirla que tendrá que volver a partir del día 8, ya que su antigua empresa le ha pagado los días de vacaciones. Por lo tanto no podrá apuntarse hasta entonces

–          Entiendo…

–          En estos días puede buscar los contratos que le faltan y así tramitaremos su solicitud.

Febrero 2012

A pesar de que nos hemos levantado tarde y hemos estado remoloneando por la casa toda la mañana, hemos decidido salir a dar una vuelta por los alrededores de Madrid. Tras buscar en internet posibles destinos, nos hemos decantado por buscar lugares abandonados y que tuvieran alguna curiosidad.

No muy lejos de la ciudad hay varios hospitales abandonados. Aunque el primero está muy bien señalizado, hemos tardado un poco en encontrarlo. A veces las descrpiciones de internet no son tan fiables como quisieramos.

Al llegar al sitio en cuestión, hemos comprobado, para nuestra desgracia, que los accesos principales estaban cerrados. Mientras buscabamos una entrada alternativa hemos podido observar varias habitaciones que aún guardaban materiales médicos, lo cual nos generó más interés por explorar la zona.

El perimetro de este hospital, que al principio estaba destinado para tuberculosos, es bastante grande. Teníamos fe. Seguro que encotraríamos una entrada por algún lugar. De repente, he visto que en una de las vallas que protegen este edificio había un gran agujero por el cual podríamos acceder al hospital sin problemas. Además había unas rocas que nos facilitarían la entrada.

– Vamos a seguir investigando. A lo mejor hay otra entrada que esté mejor.

– No creo, pero por mirar…

Continuamos la búsqueda y antes nosotros apareció lo que parecía ser la puerta principal.

– Cerrada

Empujamos, creíamos que conseguiríamos abrir la puerta verde, pero estaba cerrada con llave y la valla era tan alta que no podíamos superarla de ninguna manera.

– ¿Te atreves a saltar por el hueco de abajo?

– Si.

Parecía sencillo, sin embargo las piedras que estaban colocadas junto al muro no eran las apropiadas. aún así conseguimos “colarnos”. Justo al otro lado había una rueda que también nos sirvió de apoyo a la hora de bajar.

– Estamos dentro. Ahora tenemos que intentar que  no nos vean.

Estabamos dentro de una propiedad privada. Varios carteles nos anunciaban la prohibición de entrar al aquel lugar. Nosotros no quisimos ver esos carteles y nos metimos dentro.

Todo era muy emocinante. La fachada del hospital se conserva bastante bien, no tanto su inetrior. Según ibamos acercandonos a la entrada, descubriamos objetos tipicos de un hospital, tales como jeringuillas o botellitas de suero. La mayor parte de los accesos estaban cegados, pero descubrimos una puerta que nos llevó hasta lo que podría haber sido la admisión del sanatorio. Queríamos seguir viendo lo que albergaba ese hospital abandonado y nos adentramos en cada una de las habitaciones que ibamos viendo. No quedaban muchas cosas de interes, ni mucho menos de valor, aún así nuestra curiosidad era más grande y subimos los cuatro pisos.

Durante la exploración encontramos lo que eran los antiguos quirofanos. También observamos una lámpara redonda con varios focos. Historiales clínicos, jeringuillas, sanitarios rotos, mantas, ropa médica… pero lo que más nos llamó la atención fue descubir la existencia de una capilla dentro del hospital. En el centro pudimos observar el mosaico de un ancla, así como un altar un tanto desmantelado.

Varias aves revoloteaban dentro y nos dieron algún que otro susto, junto con los sonidos que producía el viento al chocar contra las placas metalicas o los portazos.

Subimos hasta el último piso, pudimos contemplar unas magníficas vistas y el mástil para colgar la bandera, aunque hacía tiempo que no ondeaba ninguna en aquel balcón.

Bajamos con sumo cuidado las escaleras que nos habían conducido hasta allí, no sin antes visitar las últimas estancias del lugar. Tan solo una habitación repleta de papeles tirados por el suelo que no eran más que listados de medicamentos que utilizaban, para calmar a los distintos enfermos que allí ingresaban.

Salimos por el mismo sitio por el que habíamos entrado y nos dirigimos hacia el coche. Todo había salido a pedir de boca.

Nuestro segundo destino estaba a unos pocos kilometros, así que como aún quedaban algunas horas de luz, nos dirigimos a el, aunque no resultó tan emocianante como esperábamos, así que recorrimos con desganas los tres pabellones que componían el complejo hospitalario. Solo encontramos una habitación con algo de interés. Se trataba de una mesa grande, llena de polvo y cosas inutiles. En la pared había varios recortes de periodicos, con indicaciones, anotaciones y post-it con comentarios varios. Tras recorrer cada una de las estancias, abandonamos el lugar.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Almohada de chocolate

Esto lo escribí hace tiempo, justo al empezar el curso, por eso es posible que observeis un retroceso. Os dejo que vosotros juzgueís…

La cama se sentía incompleta. Tenía unas bonitas sábanas para cubrirse y una colcha que podía ser la envidia de cualquiera. No obstante sentía que una parte muy importante de su estructura estaba imperfecta. Ojeó varias revistas y se dio cuenta de que lo que faltaba era una buena almohada. Si, tenía una, pero si quería ser la mejor cama del mundo, tenía que tener la mejor almohada del mundo.

 Probó varias, rellena de plumas, de agua, de aceite, de semillas…

Un sinfín de materiales que no terminaban de convencer a aquella cama. La de plumas era demasiado común y no aportaba nada extra. Se parecía mucho a la que ya tenía. La de agua era demasiado fría. Quería ser original y bonita, pero a la vez quería ofrecer calidez y el agua no era muy buena idea. La almohada de aceite era demasiado densa y no le gustó la textura de las semillas. Los vendedores seguían ofreciendo un sinfín de posibilidades, pero ninguna de ellas conseguía captar la atención de la cama.

 Decidió probar en otros lugares, y ofrecían las mismas posibilidades. Hasta que por fin dio en el clavo con lo que estaba buscando. Una almohada de chocolate. No pensó en los inconvenientes, tan solo se quedó prendida de aquella almohada que le haría tener unos dulces sueños.

 Pasaron varios días, hasta que le trajeron su azucarada almohada. Leyó las instrucciones y quedó maravillada con las ventajas extra, que le aportaba aquella adquisición. También echó un vistazo a los posibles trastornos que podía causar, tales como diabetes camal o pesadillas golosas. Aún así, quiso correr el riesgo. Lo que podía ganar era más que lo que podía perder.

 Se vistió con unas sábanas de tonos marrones para estar a juego con su nueva compra.  Justo lo que andaba buscando. El sentimiento fue tan placentero que no le quedó más remedio que contarlo a todas sus vecinas. Por un momento, todas las camas del barrio querían una almohada de chocolate, más no todas podían permitírselo.

 Decidió presentarse a un concurso con su almohada recién estrenada, y vaya que si ganó. Todo el mundo quería comprar aquella cama con aquella almohada de chocolate. Ella se sentía feliz y pensó cual de todos sería su dueño.

La entrevista

Tengo que pensar en lo que me voy a poner mañana. Mentalmente repaso mi armario desde el sofá. Hago varias combinaciones y al final me decido por la camisa blanca con los puños azules.

–          Creo que esa es una buena elección. ¿Con falda o con pantalones? Mejor falda, todo el mundo dice que me quedan mejor las faldas, aunque yo no estoy totalmente de acuerdo con esa afirmación.

Hoy me encuentro especialmente cansada, pero es mejor que me levante y vaya preparando todas las cosas. No quiero que nada salga mal. Me quito la manta que tenía encima. Un frío casi helador inunda mi cuerpo. Por un momento pienso en volver a tirarme al sofá, pero no. Me pongo las zapatillas que me regalaron por mi cumpleaños. Odio que me regalen cosas útiles, pero  he de reconocer que estas zapatillas de estar por casa son muy cómodas y mantienen muy bien el calor.

Voy hasta la habitación, más bien me llevan mis pies. Abro el armario para sacar la ropa que me pondré para la entrevista de trabajo. Después de seis meses por fin se han dignado en llamarme para hacer una entrevista.  Se han dado cuenta de que aún valgo. Si, aún valgo. Tengo casi cuarenta años, pero para mi edad no estoy nada mal, a pesar de que ya voy viendo alguna arruga que otra en el reflejo que me devuelve el espejo.  Tengo canas ¿y qué?  Un buen tinte lo cubre todo. Estoy estupenda y eso es lo que les voy a decir a lo de recursos humanos.

Muevo las perchas  buscando el modelito que ya tengo en mente. ¡Mierda! Me puse la camisa el domingo, ¿ahora que me pongo?  Está manchada de café. Bueno. Intentaré buscar alguna alternativa. A ver, esta no pega, esta tiene demasiado escote, esta es demasiado llamativa. Saco toda la ropa del armario y realmente no hay nada que termine de convencerme.  La camisa rosa palo, unos pantalones marrones y los zapatos beige. No me siento segura, quizá ese conjunto me quedaba bien hace diez años, pero debo ser realista. Mi cuerpo ha cambiado, he ido engordando y adelgazando durante estos años. Ya es tarde para irme de compras, además no me queda demasiado dinero en la cuenta este mes.

Me quedo enfrente del armario, contemplando toda la ropa que tengo, es imposible que no tenga nada que ponerme para la dichosa entrevista de trabajo. Vuelvo a mirar, a buscar una buena combinación, de zapatos, blusa y falda, pero no encuentro nada.  Me siento encima de la cama, y vuelvo la vista de nuevo al armario y me miro al espejo

No estoy  tan estupenda. Creo que no iré a la entrevista de trabajo.

Retomando la rutina

Además la doctora De Julia, les indicó que las próximas horas serían cruciales y les recomendó que alguien tendría que pasar la noche cuidando de la salud de David. Nadie podía quedarse, así que Lucia fue la única voluntaria. La noche resultó más dura de lo que esperaba, ya que el efecto de la anestesia había terminado y todas las molestias empezaron a aparecer, pero David se encontraba seguro, Lucia estaba allí para cuidarle, cada vez estaba más seguro de que era la mujer de su vida. Tenía por compañero a un chico que había tenido un accidente muy grave y que estaba en coma inducido porque la operación se había complicado.

David estuvo diez días en el hospital. Lucia había retomado las clases de en la universidad, pero en cuanto salía de clase se tomaba un tentempié y se iba directamente al hospital, sin pasar por casa. Tuvo una rápida recuperación, pero los médicos aconsejaron que, al menos durante una temporada no podría vivir solo y que tendría que ir a revisión con más frecuencia. Le pusieron un tratamiento y le prohibieron el alcohol y las drogas. La madre de Lucia accedió a que David viviera con ellos una temporada, eso si, durmiendo en habitaciones separadas.

 La convivencia no fue sencilla. David no trabajaba, la doctora De Julia le había dado la baja, pero no le había dicho que no pudiera hacer nada de la casa. Solo se encargaba de ir a comprar y no siempre cumplía bien con ellos.  Cuando se cumplieron los cuatro meses de la operación, David acudió a la revisión pertinente y afortunadamente la doctora le dio el visto bueno para que continuara con su vida normal. Podía volver a su casa y al trabajo, pero lo primero que tenían que hacer era reanudar lo que habían dejado a medias a causa de la operación, buscar un hogar y preparar la boda que ambos habían soñado. La zona para la casa la tenían clara, pero ahora tenían que encontrar una que se ajustara a su presupuesto y que no tuviera muchos años para hacer la menor reforma posible. Buscaron en Internet, miraron en muchas agencias e incluso patearon barrios enteros en busca del hogar soñado. Por fin, un día sonó el teléfono. Eran los de la agencia, tenían un piso de tres dormitorios y a muy buen precio. La única pega era que tenían que decidirse pronto porque los dueños de la casa querían irse cuanto antes de allí. Era un matrimonio de ancianos. No tenían hijos y a Ignacio le habían diagnotiscado una enfermedad en los pulmones, por lo que el aire de Madrid era bastante perjudicial para su salud. La señora María, provenía de un pueblecito de León, y tenían allí una casita baja con una parcela bastante amplia, con un montón de árboles. Este entorno era el ideal para el señor Ignacio. Los médicos no supieron decirle, cuantos años de vida le quedarían, pero esa la mejor solución. Sacarían algo de dinero con la venta del piso y podrían marcharse tranquilos a respirar aire limpio.

Quedaron esa misma tarde para ver el piso. No estaba mal, aunque algo de reforma si habría que hacer.

Mi último viaje

Fue el último beso. Aunque no quisiste que se quedara con ese recuerdo.

 Revives aquel instante y tu memoria te hace ver aquella imagen como si de una fotografía se tratase.

 Mientras vas en el autobús, escuchando la música que suena en la radio, no puedes dejar de pensar que harás cuando la vuelvas a ver. Han pasado tantos años y tantas cosas desde la última vez que os visteis.

 Intentaras no quedarte perdido en el abismo de sus ojos negros, más es muy difícil que no lo consigas. Aún sigues pensando en sus ojos y que precisamente fue eso lo que te enamoró.

 Su perfume, magnifica esencia que no era más que la prolongación de su piel, ahora inunda tu nariz. No quieres que vuelva su recuerdo a tu mente, sin embargo todo te lleva hacia ella. Evocas el tacto de su piel, siempre tan suave, que tus manos parecían un pez que se resbalaba.

 No fue fácil localizarla. Recordabas perfectamente su nombre y apellidos, pero no contabas que su estado civil había cambiado. ¿Cómo te recibirá? ¿Seguirá casada? Seguramente que si. No puedes evitar pensar en como la perdiste, como se fue de tu lado. Si ahora pudieras hacer algo, pero ya es tarde, perdiste la oportunidad que ella te dio. Ella quería tener un hijo, más tu  no estabas por la labor. Nunca te pareció un buen momento. Necesitaba ese compromiso por tu parte, su reloj biológico se había activado, aunque tu no te habías dado cuenta de que en realidad, ella quería ver el reflejo de vuestro amor en ese hijo tan ansiado por ella. Pensaste que tendríais tiempo más adelante. No quisiste escuchar todas las razones que Teresa puso encima de la mesa.

 Tu también has rehecho tu vida a lado de una mujer de la cual nunca sabrás sus verdaderos sentimientos. Delia no quiso tener hijos, lo cual te alegró enormemente. No tendrías ningún lazo te uniera a ella eternamente, tan solo el día a día. Aun así no podías sacar de tu cabeza la imagen de Teresa, su largo pelo negro, su piel blanca, casi tan transparente que se podían leer sus sentimientos a través de su cuerpo.

 Abres con sumo cuidado la libreta donde has apuntado la dirección exacta. Imaginas una casa señorial, por lo menos con dos pisos. Un porche bastante amplio con un banquito blanco para sentarse y un gran jardín con una gran variedad de flores. Recuerdas que a Teresa le encantaban las flores, así que comprarás algunas, así no podrá decirte que no a lo que la tienes que proponer.

 Por fin llegas a tu destino. Un pueblo grande, habrá crecido en los últimos años. No lo recordabas así. Cuando te marchaste tan solo había una docena de casas alrededor de la iglesia. No encuentras a nadie conocido, así que sacas de nuevo la libreta con todas las anotaciones que has ido haciendo a lo largo de los meses que duró tu investigación para encontrar a Teresa. Recorres las calles del pueblo y nadie sabe darte la dirección exacta. Das muchas vueltas hasta que alguien te dice que tienes que salir del pueblo. Que lo que estás buscando es la residencia que hay en las afueras del pueblo.

 Eres consciente de que tardarás en llegar. Tus piernas ya no son tan ágiles y el no saber que es lo que vas a encontrar te genera desconcierto. Por un momento piensas en rendirte. Pero no, ya la perdiste una vez y no estás dispuesto a irte con las manos vacías. Es posible que puedas tocar su piel, u oler su perfume, aunque tan solo te conformas con que ella escuche lo que has venido a contarle.

 Es de noche, así que dormirás en el pueblo. En aquella pensión. Tienes sueño y hambre, así que buscas alguna taberna en la que te puedan poner un chato de vino y algo de queso con un mendrugo de pan. Ya no comes como antes, además los nervios por ver a Teresa te han cerrado el estomago.

 Te acuestas pensando en ella, y como es normal sueñas con ella. Esperas que su imagen corresponda con su recuerdo.

 Por la mañana te levantas, te cambias de muda y le preguntas a la señora que está en la recepción del hotel si alguna manera de llegar a la dirección que escribiste en tu cuaderno. La señora, muy amablemente, te ofrece su coche. Ahora te lamentas de no haber renovado la licencia para conducir. El chaval que estaba en la puerta de la pensión, te puede llevar. Miras sus ojos y ves en ellos la imagen de Teresa. Cada vez estás más cerca de ella, por esa razón la ves en todas partes.

 El trayecto no dura más de diez minutos, aún así eres capaz de mantener una conversación razonable con aquel chico. Le cuentas que estás buscando a la mujer de tu vida y el muchacho sonríe. Te das cuenta y te ruborizas. Le das las gracias y te despides sin más.

 Creíste que se trataba de un error, pero no. Efectivamente era una clínica. Entras y preguntas por Teresa Ceballos.

 Te dicen que se encuentra en el salón que hay al final del pasillo. Cuando entras, buscas su melena negra, no aparece. Tan solo el color de sus ojos es lo único que no ha cambiado. Saludas a Teresa, pero no te reconoce. Coges sus manos para descubrir que ya no es tan fina y delicada como recordabas. Intentas que se acuerde de ti diciendo tu nombre y contando anécdotas de vuestra juventud. Parece que te reconoce, pero no tiene claro porque estás ahí.

 Ahora lo tienes claro, comentas. Te has dado cuenta de que si quieres tener un hijo, y que por supuesto ella tiene que ser la madre. Ella te sonríe y piensa que has venido para burlarte de ella. La dices que ya es el momento, que nunca la has olvidado. Ella saca de su bolsillo una cartera roja, la abre y te la muestra. En cada uno de los apartados puedes observar varias fotografías. Eran sus hijos, los que no había tenido contigo.

 Te lamentas, pero no puedes hacer nada. Cierras la cartera roja y se la devuelves a Teresa. Te marchas. El chico que te había llevado hasta la residencia te estaba esperando. Intuía que no ibas a tardar más de diez minutos y supuso que tendrías que volver al pueblo, al menos para coger el autobús de vuelta a tu casa. No lo pensaste ni un momento. Le abrazaste, le diste el abrazo de padre que te hubiera gustado darle a tu hijo, más te conformaste con el abrazo del hijo de Teresa.