LA CASA CON VIDA

Como una pequeña familia, así pasábamos los veranos todos juntos.

Compartíamos días largos de piscina, juegos nocturnos y conversaciones que casi llegaban hasta el amanecer.

Todos niños aunque se diferenciaban muy bien las edades y el rango que ocupaba cada uno: de los mayores o de los pequeños.

Los pequeños no podíamos salir de la urbanización. Completamente prohibido. Tan solo con autorización y una vez al día se nos permitía ir a comprar chuches al quiosco de Paco, el cual merece una mención aparte por lo estrambótico de sus acciones, defectos y pocas virtudes. A pesar de ello, todos comprábamos allí nuestros caramelos y helados, quizá porque no había otro sitio.

Teníamos muy claro cuales eran nuestros límites, pero también sabíamos que podíamos jugar al despiste muy fácilmente, ya que el control que ejercían sobre nosotros era muy relativo.

Una tarde cualquiera de verano, después de quitarnos el cloro de la piscina y comernos un bocata de queso y jamón serrano, nos fuimos a comprar al quiosco de Paco. Al menos es lo que dijimos a nuestros padres para que nos dejaran salir de la “urba” sin levantar sospechas.

Justo en la calle de enfrente, en la parte de trasera de donde estaban nuestras casas había una mansión abandonada.

No se trataba exactamente de una mansión, pero si de una casa de grandes dimensiones con un pajar.

Ya habíamos averiguado que dentro había un tractor y queríamos probar lo que era montarse encima de uno de ellos.

Estaba a las afueras del pueblo, las calles vacías no iban a delatarnos y los adultos con sus cosas de adultos no estaban mirando el reloj para saber si estábamos dentro de la zona de seguridad, a la hora establecida. Y en el caso de que nos llamaran, las voces de nuestros responsables legales se oirían hasta el pueblo siguiente.

Empujamos la puerta que estaba totalmente podrida, pero aún así tuvimos que emplearnos para poder entrar.

Como cualquier casa abandonada estaba llena de polvo y de cosas que no tenían ningún valor, pero para nosotros era uno de nuestros mayores hallazgos hasta el momento.

Sorteando las raíces que habían crecido verticalmente, llegamos hasta el tractor. Tenía puesta las llaves en el contacto, pero como era de esperar aquel aparato viejo no quería arrancar. ¿Qué podíamos hacer?

Seguimos dentro de la casa,  por la parte que nosotros creíamos que fue un pajar ya que había varios instrumentos de labranza, como ese que es redondo y se usa para separar semillas.

Había montones de sacos de harina, y papeles tirados por el suelo.

Una panadería o una cooperativa de trigo. Indicios había para pensar en esa posibilidad.

Aburridos de investigar la zona de trabajo de unos campesinos, quisimos ver como era su casa por dentro.

Nos costó encontrar la forma de acceder a la planta superior. Perdimos mucho tiempo tratando de hallar una escalera o una rampa que nos facilitase la subida.

Por fin, tras una puerta metálica de color verde, había una preciosa escalera de caracol de hierro forjado.

Comenzamos a subir por ella, parecía interminable, pero todo en esta vida es finito y la escalera no iba a ser la excepción.

Al final de la escalera, una puerta de madera robusta y bien cuidada nos daba la bienvenida con los brazos abiertos.

Nuestra sorpresa al ver lo que allí había nos hizo retroceder y pensar que la casa no estaba abandonada y no queríamos ser descubiertos por lo habitantes de la casa.

Cientos de libros adornaban las estanterías que decoraban las paredes de la sala. Ordenados cuidadosamente y sin rastro de polvo.

Con la emoción de no querer ser vistos continuamos un tiempo en la sala, observando la disposición de los libros.

No se cuanto tiempo estuvimos allí, pero ni un solo ruido, ni un paso, ni voces que no fueran nuestros susurros, nada de nada.

Teníamos miedo, estábamos asustados, pero porque no queríamos que nos delataran, así que nos fuimos de allí sin ver a nadie ni ser vistos por nadie.

Dimos una vuelta a la manzana, para encontrar algún vestigio de vida en aquella casona, pero ni una luz encendida ni humo saliendo de la chimenea, ni una cortina mecida por la ligera brisa de verano del pueblo.

No volvimos a querer entrar en la casa, pero tampoco vimos que nadie entrara o saliera de allí.

Unos cuantos veranos más tarde, el ayuntamiento del pueblo decidió demoler la casa y allí estábamos nosotros, la pandilla, los pequeños para ver por última vez, la casa con vida.

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MIEDO AL FOLIO EN BLANCO

Tengo que volver a revisar todos los apuntes, esos que me dieron cuando hice ese curso de escritura creativa que tanta ilusión me hacía.

Ya han pasado varios años y ahora me veo enfrente de la pantalla del ordenador y con una hoja en blanco intentando escribir algo que tenga sentido.

Pero ha pasado tanto tiempo desde que no escribo nada. Un concurso de micro relatos, esa es la excusa perfecta para retomar el gusanillo de escribir, pero me pongo mis dedos encima del teclado y no me sale nada que pueda servir.

Me levanto de la silla, busco la carpeta verde y me reviso una y otro vez los temas que me dieron…

Me doy tiempo, creo que dejaré por un momento este texto y dejaré que las ideas fluyan, también revisaré el cuaderno de notas… Espero que las musas vuelvan pronto a mi mente. Mientras tanto… MIEDO AL FOLIO EN BLANCO

Locura Transitoria

LOCURA TRANSITORIA

Una mañana más suena el despertador. Miro el reloj y pienso que aún me quedan diez minutos más que puedo aprovechar. Solo tengo que bajar tres pisos andando y subir la calle para coger el autobús. La lluvia se hace más intensa por momento y se me hace más difícil salir de la cama, aún así, intento desperezarme y meter los pies en las zapatillas que tengo preparadas junto a la cama.

Hace mucho frio, así que me pongo todas las capas que puedo para que no se meta en mi cuerpo. Pienso que si el frio llega hasta mis huesos ya no podré sacarlo nunca más.

Me distraigo con el pelo, con los zapatos, elijo el bolso y meto en el todo lo que creo que es importante para la jornada que me espera. Además también llevo conmigo la cámara de fotos. Creo que cuando salga de la oficina me pasaré por el parque. El color ocre de las hojas en el suelo se parece a aquellos tapices viejos que había en casa de mi abuela.

Miro el reloj. ¡Mierda! Solo me quedan tres minutos para llegar a la parada y aún estoy descalza. Estos mismos. Meto los pies en los zapatos negros que me puse ayer. Total, nadie se va a fijar en lo que llevo puesto y son bastante cómodos.

Al llegar a la parada del autobús observo que en la marquesina no hay nadie. He perdido el autobús por los diez minutos de más que me he concedido para estar en la cama. Pues ya no llego… a ver como se lo digo a mi jefe. Le diré que me he puesto mala. Así aprovecho el día para mis cosas.

Parece que no se lo ha tomado muy mal. Estos días no hay mucho movimiento, así que no creo que le importe demasiado, aunque le he notado un poco preocupado. No le he entendido muy bien cuando me ha preguntado por una carta. Sea lo que sea, podrá esperar a mañana.

¿Otro café? Si, no me vendría mal, pero esta vez me tomaré tranquila en la cafetería, creo que también pediré una tostada.

Mientras tomaba café observaba por la cristalera las gotas de lluvia que se quedaban en el cristal, la gente que pasaba, y los edificios que rodeaban la plaza de los autobuses. Nunca los había contemplado de aquella manera.

La Tabacalera Phoencia, abandonada hace años, llamó mi atención de una manera irracional. Pagué mi consumición y sin pensármelo dos veces  me dirigí hacía la entrada.

Como podía esperar la puerta estaba cerrada y por mucho que intentaba empujar no había forma de abrirla. Rodeé el edificio para buscar una posible entrada y tan solo encontré una ventana rota.

No soy muy buena para colarme en sitios prohibidos, pero me cercioré de que no hubiera nadie cerca que pudiera verme entrar y con la ayuda de una rueda abandonada conseguí meterme dentro de la tabacalera.

Al principio estaba un poco asustada. No tenía miedo a fantasmas o apariciones, mi mayor miedo era ser descubierta por la policía y que me pusieran una multa por mi curiosidad. Una vez superado el miedo a ser vista por la gente que pasaba decidí sacar la cámara de fotos y empezar a inmortalizar todos los objetos que allí iba encontrando. Había cosas muy curiosas, incluso pude encontrar nóminas de los trabajadores. Me sorprendió ver que en aquella época las mujeres también participan de forma igualitaria en los trabajos que allí se realizaban.

Encontré una escalera que me llevó a una oficina, imaginé que el jefe habría pasado allí muchas horas para sacar a delante el trabajo de cientos de obrero que allí ganaban un jornal para llevar a casa y poder dar de comer a sus hijos. Muchos papeles y más nominas.

Al fondo de la oficina había un pequeño armario de madera. Pude abrirlo sin mayor esfuerzo y encontré una caja de madera con relieves que llamó poderosamente mi atención. Cogí la caja y me senté en el sillón desvencijado de ese material que parece piel, pero en realidad no lo es. No sé que esperaba encontrar. Quizás cuentas de la tabacalera o documentos prohibidos que nunca vieron la luz. Documentos que podrían poner en peligro la existencia de aquella empresa.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando abrí la caja y encontré un montón de fotografías en blanco y negro. Mucha gente de la que aparecía en las fotos me resultaba familiar, aunque no sabía qué relación podían tener conmigo. Fui pasando una a una las fotografías por mis manos, hasta que en una de ellas pude ver una imagen que me impactó muchísimo. No podía creer lo que estaba viendo. Seguro que era un error o alguien muy parecido. Seguí repasando las fotos y la imagen se repetía una y otra vez, pero no podía ser real.

Busqué dentro de los cajones de la mesa que parecía ser la principal y mis temores se hicieron realidad. En todos los documentos que encontré estaba estampada mi firma. No podía ser yo la responsable del cierre de la tabacalera y mucho menos la que aparecía en las fotografías acompañada de los trabajadores.

Tuve mucho tiempo para pensar, tanto que la percepción de las horas era casi inexistente para mí. Metí las fotos en la caja, la cerré y la volví a guardar dentro del armario. Cogí varios documentos para poder leerlos con detenimiento y me refugié debajo de la mesa. Nunca más volví a salir de la tabacalera.

“La demolición de la tabacalera Phoencia ha sido pospuesta. Han aparecido los restos de una mujer. Creen que lleva muerta algo más de 30 años. Todo apunta a un suicidio. La causa: Locura transitoria”.

 

Aprieta, pero no ahoga

Víctor y Ana habían tenido un día duro. Habían caminado más de lo que sus pies les permitían, pero aún así no querían abandonar. No habían comido y ya sentían como el hambre se hacía notar en sus estómagos, así que decidieron entrar en la primera cafetería que encontraron para tomar algo. Se sentaron cerca del gran ventanal y enseguida se acercó un camarero para preguntarles que iban a tomar. Pidieron unos refrescos mientras Ana sacaba unos papeles y le indicaba a Víctor que los leyera detenidamente antes de firmarlos. El camarero no quería interrumpir, pero tenía que preguntar si querían algo más. Pidió disculpas de antemano y les ofreció algo para comer. Tras pensarlo unos segundos se decidieron por un par de platos combinados.

Mientras el camarero apuntaba con bastante diligencia lo que iban a tomar, no podía apartar la mirada de aquella chica, pensaba que podía ser lo que pasaba en su vida para que no pudiera dejar de llorar. Vio como el hombre la ofrecía un pañuelo mientras respondía a la pregunta de ¿Por qué ahora? Tan solo un “tarde o temprano tenía que ocurrir” fue la respuesta.

El camarero se alejó, las voces se iban perdiendo poco a poco, pero los gestos lo mostraban todo. Mientras preparaba las bebidas en la barra, observaba a la pareja. Deicidamente no estaban pasando por su mejor momento.

Ana sacó algo del bolsillo y lo puso en la mano de Víctor. El camarero se dio cuenta enseguida de que era un anillo, la alianza, pensó.

Entró en la cocina para ver si la comida estaba dispuesta, pero no pudo evitar comentar lo que estaba sucediendo con aquella pareja.

–          Otros que se separan…

–          ¿Quienes?

–          ¿Ves a aquella pareja que está sentada junto a la ventana? Desde que han entrado ella no ha dejado de llorar. Ha puesto encima de la mesa unos papeles y le ha pedido que los lea antes de firmarlos. Además le ha devuelto la alianza.

El camarero llevó las bebidas a la mesa, mientras Víctor leía con sumo cuidado los papeles que Ana le había dejado.

–          Tenemos que solucionar esto cuanto antes. Ya lo hemos alargado mucho tiempo.

–          No es tan sencillo… estas cosas requieren tiempo.

El camarero intentaba disimular, pero estaba realmente interesado en conocer todos los detalles de la separación. Se acercó nuevamente a la mesa, esta vez el hombre era quien le devolvía el anillo. Pedía que se lo quedara ella, que no podría hacer nada con él.

Las lágrimas no dejaban de correr por la cara de aquella mujer, el hombre solo sabía consolarla acariciando sus manos. Ella le miraba a los ojos pidiendo una explicación, pero él no sabía que decir.

Mientras dejaba los platos encima de la mesa, ellos continuaban con su conversación. Venderían la casa y cada uno haría lo que quisiera con su mitad.

El camarero pensaba  que era una pena que una pareja tan joven acabara de aquella manera tan triste. ¿Qué motivos podrían tener? Seguramente una infidelidad. En los tiempos que corren es lo más normal. Ella está muy afectada, así que seguramente es ella la que habría sufrido la infidelidad.  Aunque también ha podido ser ella la infiel. Se siente tan culpable por haber traicionado la confianza de su marido, que ahora no puede dejar de llorar. Quizá le haya pedido una segunda oportunidad. Puede que haya habido otras ocasiones. Su marido ya no le prestaba la atención que ella necesitaba, por eso habrá recurrido a los brazos de otro hombre para sentirse querida, valorada… Las mujeres solicitan mucha atención por nuestra parte. Imagino que será la última comida que hagan juntos, cuando salgan de la cafetería cada cual tomará rumbos diferentes y no volverán a verse, salvo que haya niños de por medio. En ese caso están destinados a entenderse, aunque no quieran tendrán que velar por su bienestar.

Fue una comida tranquila, ni una palabra más alta que la otra. Dos besos fríos en la mejilla y un ya hablaremos fue la despedida de Víctor, que dejó a Ana sola en la cafetería. Dio un último repaso a los papeles que Víctor ya había firmado y pidió un café y la cuenta.

El camarero se acercó con la taza e intentó a animar a Ana

–          No se preocupe, ya verá como todo se arregla. Dios aprieta pero no ahoga.

–          Gracias, pero estamos pasando un mal momento en mi familia, aunque ya sé que no soy ni la primera ni la última que pierde a una madre.

–          ¿Ha fallecido su madre?

–          Sí, mi hermano y yo estamos intentando arreglar el tema de la herencia que es más complicado de lo que yo pensaba.

 

Diario de un Secreto

Este año no quería regalos, ni felicitaciones. Tampoco me apetecía montar una fiesta.  Hacía diez días que me habían hecho un legrado y no tenía fuerzas para preparar una cena, ni tan siquiera un café con algunos bollos.

Recibí unas cuantas llamadas de familiares cercanos para felicitarme, también aprovechaban la ocasión para intentar darme ánimos. No sabía que en mi familia hubiera habido tantos abortos. Todos me decían lo mismo, que no me preocupara, que si soy muy joven, que conocían a alguien que les había pasado lo mismo y que después tuvieron embarazos normales… Yo asentía, pero estaba convencida de que nunca tendría hijos.

Sonó el timbre de la puerta, no esperaba a nadie, así que me hice una coleta y fui a abrir.

–          ¿Silvia Martínez?

–          Sí, soy yo

–          Le traigo un paquete

Firmé el acuse de recibo y el mensajero se marchó. Pensé que se trataba de algún regalo de cumpleaños, pero ¿de quién? Miré el remite, era de mi madre. Era un paquete cuadrado y pequeño, también había un sobre y en el interior una nota:

“Feliz Cumpleaños Silvia. Este regalo es de parte de la abuela. Antes de morir me hizo prometer que te daría este diario el día que cumplieras 30 años. Yo también lo leí a la misma edad. Espero que lo leas y sepas darle la importancia que tiene. También quiero que sepas que la abuela te quiso mucho, al igual que a mí y entiendas muchas cosas que para ti no tenían explicación, como por ejemplo el lunar que tienes debajo del ojo izquierdo”

Me toqué el ojo y recordé que mi madre tenía la misma mancha en el centro de la barbilla. Siempre había pensado que era una herencia. No conseguía visualizarlo en la cara de ninguno de mis abuelos maternos, pero era muy posible que lo tuviera el algún lugar del cuerpo que no fuera visible. Nunca quise preguntar.

Abrí el diario, no era más que un simple cuaderno. La letra no era muy legible, así que hice un esfuerzo por entender lo que allí estaba escrito.

10 de mayo de 1938

Hoy cumplo diez años y me han regalado este cuaderno. La escuela  está terminando y el año que viene no podré ir, ya que tendré que cuidar de mi sobrino. Al menos ya se leer y escribir. Iré escribiendo en este cuaderno las cosas que me vayan pasando.

Mañana viene mi tío Enrique, me han dicho que traerá un regalo muy especial. Es mi tío favorito y tengo muchas ganas de verle.

 

11 de mayo de 1938

Cuando ha venido mi ti Enrique estaba esperando el regalo. No ha traído nada y me ha dicho que más tarde tiene una sorpresa para mí. Todos se habían ido a dormir y mi tío aún no me había dado el regalo. De pronto, pude ver como se abría la puerta de mi cuarto. Era mi tío. Pensé que me traería el regalo. Se metió en mi cama y me dijo que no podía contarle a nadie que había estado por la noche en mi habitación y que me iba a dar el regalo.  No me gustó el regalo, así que decidí callarme y no contar nada.

20 de mayo de 1938

Por fin se ha ido el tío Enrique. Todas las noches que ha estado en casa venía a mi habitación y me hacía prometer que no contaría nada, que si contaba algo no volvería a traerme ningún regalo. Aunque no quería  más cosas de mi tío no quise contar nada a nadie.

10 de mayo 1940

Viene el tío Enrique para celebrar mi cumpleaños, espero que esta vez  no me haga los mismos regalos que me ha estado haciendo estos dos últimos años. Cada vez me gusta menos. Ya no es mi tío favorito y si esta vez viene a mi habitación por la noche le diré que se vaya. Creo que pondré algo pesado para que no pueda entrar.

10 de mayo de 1945

Más de cinco años haciéndome el mismo regalo, pero la última vez fue diferente. Me quedé embarazada. ¿Qué iba a decirles a mis padres? Solo tengo 15 años, pero tengo que irme del pueblo. Me voy a León, seguro que encontraré alguna casa donde pueda servir.

20 de diciembre de 1945

Tengo en mis brazos a mi hija. Tiene el mismo lunar que mi tío Enrique. Ella lo tiene la barbilla y él lo tenía cerca del ombligo. ¿Cuántas veces había visto aquel maldito cuerpo desnudo? No quería volver a pensar en ello, tan solo recordarlo me daba repugnancia. Desde que me marché del pueblo no ha vuelto a visitarme espero que nunca sepa donde estoy.

10 de mayo de 1982

Hacía mucho que no escriba en el diario. Pero hoy es un día especial. Es mi cumpleaños, pero no solo eso, también ha nacido mi primera nieta. Se llama Silvia y es preciosa. Mi marido y yo hemos acompañado en todo momento a nuestra hija. Ella también ha heredado el lunar de Enrique, lo tiene en el ojo izquierdo.  Ese maldito lunar siempre estará presente en nuestra familia.

15 de mayo de 1982

He ido a visitar a una señora que me han dicho que cura el mal de ojo y que adivina el futuro. Quería que me hiciera un embrujo: No habrá niños varones en la familia. No quiero que ningún hombre de la familia haga daño a otras personas. Así que todos los niños varones de mi familia morirán antes de nacer.

10 de mayo de 2010

No me encuentro con fuerzas para seguir escribiendo. Hoy es mi cumpleaños. Espero que también el día de mi muerte. Me llevaré el secreto a la tumba. Tan solo mi hija sabe quien fue su padre y espero que mi nieta, cuando cumpla treinta años, sepa perdonarme por haber mantenido el secreto hasta mis últimos días.

Concurso

Hacía mucho que no escribía nada, así que decidí particpar en un concurso literario. El tema era “La última noche en el Titanic” y el relato no podía superar las 150 palabras. Hice varios relatos, pero al final me decidí a presentar este:

 

–          Ni leer ni escribir. ¿Qué sabes hacer?

–          Poca cosa señor. Necesito trabajar

–          Está bien, nos queda algún puesto como fogonero, ¿estarías dipuesto a pasar horas delante del fuego, echando carbón a las calderas?

–          Lo que sea, pero quiero el trabajo, necesito el trabajo.

Los primeros días resultaron más duros de lo que pensaba, pasábamos más de nueve horas alimentando el motor de aquel buque que prometía bonanza y riqueza a todos los que allí viajábamos.

El capitán bajó a felicitarnos, aún así quería más. Velocidad y riqueza, ese era el titular que soñaba, así que tendríamos que echar más carbón. El barco cada vez iba más deprisa, nuestro trabajo también.

Un golpe. Agua. Gritos. Muchos de mis compañeros quedaron encerrados en aquella sala. Por suerte pude salir a la superficie y colarme en uno de los botes. El barco se hundió aquella noche de abril.

Si os digo la verdad mi prposito no es ganar, soy consciente de que hay relatos muy buenos, además es la primera vez que me atrevo a presentarme a un concurso. Hoy empieza la fase de votación, pero hasta el próximo día 27 no se sabrán los ganadores.

Os dejo el enlace por si os apetece ver el resto de los relatos:

http://factoria.fnac.es/concursos/microrrelatos-titanic

Mucha suerte a todos los que partcipan!!!

Mi primer relato

Cuando empecé a escribir en el blog no esperaba tener tantas visitas. Hace ya algún tiempo que pasé de largo las 1000 visitas y prometí algo especial. No se si los que leís lo que escribo lo considerareis así, pero para mi tiene un valor especial ya que es mi primer relato, creo que no tenía más de 10 años aunque no puedo decir la edad exacta. Me hizo mucha ilusión saber que mi madre lo consevaba. Me encantaría poder enseñaros las ilustraciones que puse, pero aún no tengo el scáner configurado. Bueno, espero que os guste:

Eran las diez menos cuarto. Cuando tocó el timbre la señorita dijo: Niños, hoy estamos a día 1, el día 10 me teneís que traer hecho un crisma en una cartulina blanca, con tema religioso.

Todos estabamos muy contentos, si ganabas te daban un libro. Todos empezamos a gritar de alegria. Salimos al recreo y de lo único que se hablaba era del crisma.

Todos estaban muy bonitos. El de Lorena estaba muy bien, pero el que más me gustaba era del Natalia, mi compañera. Bueno, el mio tampoco estaba mal del todo. Todos teníamos uno que nos gustaba más que los otros. A Natalia le gustaba el mio. La señorita dijo: este año os habeis esforzad más que otros años. Puso en el corcho todos los crismas. Al día siguiente faltaban cuatro. Los demás los devolvieron a sus respectivos dueños. A mi me lo devolvieron, por eso se lo mandé a mis abuelos.

Era 24 de diciembre, por la tarde nos arregalmos para ir a casa de mis abuelos por la noche para celebrar el nacimiento de Jesús. Cuando llegamos ya estaba todos. Nos estaban esperando para cenar. Yo me senté al lado de mis primas Ana y Alicia. Antes de empezar a cenar bendecimos la mesa con estas palabras: Señor, te damos las gracias por darnos esta comida y esta mesa para poder cenar agusto mientras otros niños y otras familias lo pasan mal.

Mis abuelos pusieron todos los crimas recibidos en un mueble y entre otros estaba el mio. Durante la cena oímos el llanto de un niño, parecía tener frio. Miramos en la calle, intentabamos preguntar a los vecinos pero ninguno de ellos se hallaba en su casa. Era una cosa muy extraña. Bueno, parece que se calmó la cosa, así que después de cenar, nos fuimos al portal.

Nos avisaron de que ya podíamos entrar y de que había venido Papa Noel. Fuimos pasando de uno en uno. Todos teníamos un montón de regalos. Nos hacía más ilusión el recibir regalos ese día que el nacimiento del niño Jesús. Por cierto, el ruido de antes era del hijo de la señora del bloque 7 que lloraba porque tenía hambre.

Es por ti

Por lo trabajos por los que he ido pasando,  he ido conociendo artistas de varias disciplinas, gente anonima que poco a poco va alcanzando la fama por la calidad de sus trabajos.

Los últimos artitas que he conocido gracias al trabajo son “Los Domper” un grupo de musica latina. Uno de los integrantes trabaja conmigo y acaban de publicar su nuevo tema, del cual han grabado un video. El protagoniosta de este, también es compañero de trabajo.

Os dejo el video, que es un homenaje a las visctimas del 11M. Espero que os guste!!!

¡Despedida!

Era la primera vez que Irene era despedida. Aunque habían reconocido que era un despido improcedente no podía hacer nada.  Se había quedado en el paro en el peor momento, ya que había decidido cambiarse de casa. Ya tenía los papeles firmados, así que no podía echar marcha atrás.

Irene pensó que no había mal que por bien no viniera.  Llamó a su madre para comunicarle la noticia.

–          De momento no voy a buscar trabajo.

–          Pues tendrás que arreglar los papeles del paro ¿no?

–          ¡Que pereza! El lunes voy sin falta.

Pasó varios días enfrente del ordenador, actualizando su estado en las redes sociales y cambiando el curriculum. Creía que su último empleo le abriría muchas puertas y se inscribió en varias ofertas.

El lunes por la mañana, volvió a sonar el despertador a las 7:15 de la mañana. Aún no había perdido la rutina de madrugar y las colas del paro son interminables.  Una ducha para despejarse y buen desayuno para cargar las pilas. No fue muy veloz, ya que no tenía un horario que cumplir y la oficina del paro estaba relativamente cerca. Pensó que lo mejor  sería ir en coche, le daba mucha pereza pensar en caminar a esas horas, pero también tenía que buscar un sitio donde aparcar. Aquella zona estaba llena de vados y el acceso era peatonal, así que tenía que andar aunque no quisiera.

Se puso unos vaqueros, un jersey fino y las botas que se había comprado para ir a la oficina. Cogió la carpeta con todos los papeles que había firmado y se paró en una papelería hacer una fotocopia del DNI. Quería dejarlo todo resuelto esa misma mañana y no estaba dispuesta a que la dijeran que  le faltaba algún requisito.

–          Que de gente. Pensó

Se acercó al mostrador de “Información” para saber a dónde tenía que dirigirse. La mañana no empezaba bien. Detrás del mostrador solo había una silla vacía.  Mientras esperaba a que llegase la persona que tenía que ocupar esa silla, pudo observar que varias personas más, iban llegando a la oficina de empleo, iban cogiendo su papel y se sentaban en la hilera de asiento que Irene tenía justo a su derecha.

“Cada vez va entrando más gente. Voy a tener que estar aquí toda la mañana”

Irene levantó la mirada, después de revisar una y otra vez los papeles que lleva consigo para descubrir que, por fin había alguien detrás del mostrador.

“Menos mal, creía que no llegaría nunca. Normal que haya tardado tanto. Ya no puede con los años. Pero a mí, eso  me da igual. Tengo ganas de salir de aquí, e irme al centro a esperar a Elena. ¿Por qué siempre me toca esperar?

–          Buenos días. ¿Para apuntarme al paro?

–          Buenos días. ¿Cómo demandante o para la prestación? La mujer que estaba al otro lado del mostrador la miró  por encima de sus diminutas gafas, esperando una contestación por parte de Irene.

–          Pues…para las dos cosas

–          Primero tienes que inscribirte como demandante. Para eso tienes que coger turno donde pone “DEMANDA”. La mujer señaló con su dedo una máquina que distribuía los turnos. Cuando tengas el papel, coges otra vez turno, pero esta vez tienes que pulsar sobre “PRESTRACIONES”.

–          Muchas gracias, buenos días

Irene salió de la fila y se fue directamente a sacar el papelito. Se había fijado en como lo estaban haciendo los demás. Puso el dedo encima del botón que ponía DEMANDA  y salió un papelito con una letra y un número de tres cifras.

D121

Espere a ser llamado

Levantó la cabeza hacia el visor  y vio que tan solo le quedaban tres números.

–          Bueno, parece que esto no va tan lento como pensaba. A lo mejor me da tiempo a mirar unos modelitos en la tienda de enfrente.

Todos los números iban avanzando, menos el suyo. Se había quedado en el D119 y ya llevaba más de tres cuartos de hora esperando. Sabía que después tendría que esperar de nuevo. Si  al menos se hubiera llevado un libro para leer, la espera  no se haría tan pesada.  Irene no leía mucho y probablemente se hubiera cansado de leer a los diez minutos, hubiera cerrado el libro y se habría puesto a rebuscar el móvil en el bolso para llamar a Javier. Por fin apareció en la pantalla el D120. Irene miró por toda la sala y parecía que el D120 se había marchado.

–          Parece que me toca a mí.

Emocionada miró de nuevo hacia el visor, pero no vio lo que necesitaba. Una hora.

–          ¡Esto es increíble! Miró indignada el reloj.  Si al menos pudiera salir a comprarme una revista.

Se levantó de la silla, no podía permanecer más tiempo sentada. El caso es que no había tanta gente, pero ella seguía allí, pensando en la tienda de ropa, mirando el reloj y esperando a que el  visor le mostrara  el D121. Cuando regresó a su asiento descubrió que había sido ocupado por un chaval que no tendría más de veinte años. Ahora tenía que seguir esperando, pero de pie. Menos mal que no se había puesto tacones. Dio largos paseos por la sala de espera de la oficina sin apartar la mirada ni un solo segundo del maldito visor que también tenía sonido para indicarla que aún no era su turno.

Después de diez minutos más de espera, llegó su turno.

-¡por fin!

Una señorita se acercó a ella para decirla que tenía que esperar unos minutos más. Pensó que esperar unos segundos más no sería tan trágico. Tomó aire y volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado más de siete minutos y la señorita que la había atendido aún no había regresado a su puesto de trabajo.

Irene se estaba descomponiendo por momentos. Estuvo a punto de levantarse y marcharse, pero no lo hizo. Volvió la cabeza y vio que la mujer que la había dejado esperando más de diez minutos volvía de la calle, hablando amigablemente con una compañera y con vaso de café en la mano.

–          Lo siento, pero es que es mi hora de desayuno

–          No puede tenerme aquí esperando. Entiendo que es su hora de desayunar, pero su puesto tendría que quedar cubierto. Es indignante que tenga la desfachatez de decirme que se ha ido a desayunar

–          Si quiere puede poner una reclamación

–          Encima, ¿se ríe de mí? ¿Para qué iba a servir? ¿Para perder más mí tiempo?

La funcionaria se puso las gafas y tecleó rápidamente el nombre, los dos apellidos y el DNI de Irene. Le hizo unas cuantas preguntas y actualizó la demanda de empleo.

–          Aquí tiene. Debe venir a sellar este papel los días indicados. Si no estuviera en Madrid alguno de esos días, puede hacerlo por Internet o en la oficina de empleo de la comunidad donde se encontrase.

–          Muchas gracias. Adiós

Irene no podía entender como había perdido más de una hora para un trámite tan sencillo. Ahora le tocaba la segunda parte. No se encontraba de humor, pero lo que tenía claro era que ella iba a salir de aquella oficina con todo en orden. No quería perder otra mañana metida en aquella oficina oscura y sin personalidad.

Volvió a pulsar el botón, pero esta vez se fijó bien en que pusiera PRESTACIÓN. Otro papelito volvió a salir por aquella boca que no dejaba de escupir papeles con números y letras.  Lo miró con desdén mientras pensaba que al menos estaría allí una hora más.

A482

Espere a ser llamado

Iba por el A415, así que tendría que volver a esperar. ¿Cuánto más  tendría que permanecer allí? Ya no podría echarle un vistazo a la ropa de la tienda de la calle de enfrente. Había quedado con Elena para comer en el centro y ya, también dudaba de que fuera a llegar a tiempo, ya que eran más de cincuenta números y visto lo visto… Para su suerte, esta sección iba algo más ligera, pero aún así tuvo que esperar más de cuarenta minutos para ser atendida.

–          Buenos días. Quería informarme de cuanto me quedará de prestación y de cuando empezaré a cobrarla.

–          A ver, ¿ha traído el certificado de empresa?

–          Si

–          ¿Y el contrato?

–          Si, aquí tiene. ¿Alguna cosa más?

–          ¿Tiene los contratos anteriores?

–          No, pero ¿es necesario?

–          No, pero así le saldría más tiempo, aunque el máximo son dos años. Déjeme ver…

El hombre que atendió a Irene parecía muy hábil en su trabajo. Introdujo los datos en el sistema y le comentó:

–          Veo que has trabajado a tiempo parcial. Si encuentras el contrato, te quedará más tiempo.

–          Yo lo que quiero es agilizar el trámite. Así que prefiero dejarlo hecho hoy.

–          Pues lamento decirla que tendrá que volver a partir del día 8, ya que su antigua empresa le ha pagado los días de vacaciones. Por lo tanto no podrá apuntarse hasta entonces

–          Entiendo…

–          En estos días puede buscar los contratos que le faltan y así tramitaremos su solicitud.

Almohada de chocolate

Esto lo escribí hace tiempo, justo al empezar el curso, por eso es posible que observeis un retroceso. Os dejo que vosotros juzgueís…

La cama se sentía incompleta. Tenía unas bonitas sábanas para cubrirse y una colcha que podía ser la envidia de cualquiera. No obstante sentía que una parte muy importante de su estructura estaba imperfecta. Ojeó varias revistas y se dio cuenta de que lo que faltaba era una buena almohada. Si, tenía una, pero si quería ser la mejor cama del mundo, tenía que tener la mejor almohada del mundo.

 Probó varias, rellena de plumas, de agua, de aceite, de semillas…

Un sinfín de materiales que no terminaban de convencer a aquella cama. La de plumas era demasiado común y no aportaba nada extra. Se parecía mucho a la que ya tenía. La de agua era demasiado fría. Quería ser original y bonita, pero a la vez quería ofrecer calidez y el agua no era muy buena idea. La almohada de aceite era demasiado densa y no le gustó la textura de las semillas. Los vendedores seguían ofreciendo un sinfín de posibilidades, pero ninguna de ellas conseguía captar la atención de la cama.

 Decidió probar en otros lugares, y ofrecían las mismas posibilidades. Hasta que por fin dio en el clavo con lo que estaba buscando. Una almohada de chocolate. No pensó en los inconvenientes, tan solo se quedó prendida de aquella almohada que le haría tener unos dulces sueños.

 Pasaron varios días, hasta que le trajeron su azucarada almohada. Leyó las instrucciones y quedó maravillada con las ventajas extra, que le aportaba aquella adquisición. También echó un vistazo a los posibles trastornos que podía causar, tales como diabetes camal o pesadillas golosas. Aún así, quiso correr el riesgo. Lo que podía ganar era más que lo que podía perder.

 Se vistió con unas sábanas de tonos marrones para estar a juego con su nueva compra.  Justo lo que andaba buscando. El sentimiento fue tan placentero que no le quedó más remedio que contarlo a todas sus vecinas. Por un momento, todas las camas del barrio querían una almohada de chocolate, más no todas podían permitírselo.

 Decidió presentarse a un concurso con su almohada recién estrenada, y vaya que si ganó. Todo el mundo quería comprar aquella cama con aquella almohada de chocolate. Ella se sentía feliz y pensó cual de todos sería su dueño.