LA CASA CON VIDA

Como una pequeña familia, así pasábamos los veranos todos juntos.

Compartíamos días largos de piscina, juegos nocturnos y conversaciones que casi llegaban hasta el amanecer.

Todos niños aunque se diferenciaban muy bien las edades y el rango que ocupaba cada uno: de los mayores o de los pequeños.

Los pequeños no podíamos salir de la urbanización. Completamente prohibido. Tan solo con autorización y una vez al día se nos permitía ir a comprar chuches al quiosco de Paco, el cual merece una mención aparte por lo estrambótico de sus acciones, defectos y pocas virtudes. A pesar de ello, todos comprábamos allí nuestros caramelos y helados, quizá porque no había otro sitio.

Teníamos muy claro cuales eran nuestros límites, pero también sabíamos que podíamos jugar al despiste muy fácilmente, ya que el control que ejercían sobre nosotros era muy relativo.

Una tarde cualquiera de verano, después de quitarnos el cloro de la piscina y comernos un bocata de queso y jamón serrano, nos fuimos a comprar al quiosco de Paco. Al menos es lo que dijimos a nuestros padres para que nos dejaran salir de la “urba” sin levantar sospechas.

Justo en la calle de enfrente, en la parte de trasera de donde estaban nuestras casas había una mansión abandonada.

No se trataba exactamente de una mansión, pero si de una casa de grandes dimensiones con un pajar.

Ya habíamos averiguado que dentro había un tractor y queríamos probar lo que era montarse encima de uno de ellos.

Estaba a las afueras del pueblo, las calles vacías no iban a delatarnos y los adultos con sus cosas de adultos no estaban mirando el reloj para saber si estábamos dentro de la zona de seguridad, a la hora establecida. Y en el caso de que nos llamaran, las voces de nuestros responsables legales se oirían hasta el pueblo siguiente.

Empujamos la puerta que estaba totalmente podrida, pero aún así tuvimos que emplearnos para poder entrar.

Como cualquier casa abandonada estaba llena de polvo y de cosas que no tenían ningún valor, pero para nosotros era uno de nuestros mayores hallazgos hasta el momento.

Sorteando las raíces que habían crecido verticalmente, llegamos hasta el tractor. Tenía puesta las llaves en el contacto, pero como era de esperar aquel aparato viejo no quería arrancar. ¿Qué podíamos hacer?

Seguimos dentro de la casa,  por la parte que nosotros creíamos que fue un pajar ya que había varios instrumentos de labranza, como ese que es redondo y se usa para separar semillas.

Había montones de sacos de harina, y papeles tirados por el suelo.

Una panadería o una cooperativa de trigo. Indicios había para pensar en esa posibilidad.

Aburridos de investigar la zona de trabajo de unos campesinos, quisimos ver como era su casa por dentro.

Nos costó encontrar la forma de acceder a la planta superior. Perdimos mucho tiempo tratando de hallar una escalera o una rampa que nos facilitase la subida.

Por fin, tras una puerta metálica de color verde, había una preciosa escalera de caracol de hierro forjado.

Comenzamos a subir por ella, parecía interminable, pero todo en esta vida es finito y la escalera no iba a ser la excepción.

Al final de la escalera, una puerta de madera robusta y bien cuidada nos daba la bienvenida con los brazos abiertos.

Nuestra sorpresa al ver lo que allí había nos hizo retroceder y pensar que la casa no estaba abandonada y no queríamos ser descubiertos por lo habitantes de la casa.

Cientos de libros adornaban las estanterías que decoraban las paredes de la sala. Ordenados cuidadosamente y sin rastro de polvo.

Con la emoción de no querer ser vistos continuamos un tiempo en la sala, observando la disposición de los libros.

No se cuanto tiempo estuvimos allí, pero ni un solo ruido, ni un paso, ni voces que no fueran nuestros susurros, nada de nada.

Teníamos miedo, estábamos asustados, pero porque no queríamos que nos delataran, así que nos fuimos de allí sin ver a nadie ni ser vistos por nadie.

Dimos una vuelta a la manzana, para encontrar algún vestigio de vida en aquella casona, pero ni una luz encendida ni humo saliendo de la chimenea, ni una cortina mecida por la ligera brisa de verano del pueblo.

No volvimos a querer entrar en la casa, pero tampoco vimos que nadie entrara o saliera de allí.

Unos cuantos veranos más tarde, el ayuntamiento del pueblo decidió demoler la casa y allí estábamos nosotros, la pandilla, los pequeños para ver por última vez, la casa con vida.

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Comienzo del verano

– Ya nos hemos enterado de que tienes novio.

– Bueno, estoy empezando con un chico, llevo muy poco tiempo con el.

– Se vendrá a Cádiz ¿no?

– Pues no le he dicho nada, pero la verdad es que me gustaría.

 Tras esta conversación con su primo Alejandro, Lucia muy entusiasmada buscó en su bolso vaquero su móvil verde. Comenzó a pulsar las teclas del teléfono, estaba escribiendo a David, para comentarle la noticia. Pasaron dos minutos y sonó el teléfono.

 – David, ¿Cuándo tienes vacaciones?

– Desde el 18 de julio hasta el 31 de agosto ¿por?

– Es que estoy con mis primos en un bar, organizando el viaje a Cádiz y me han preguntado si te quieres venir

– Claro, me apetece un montón, pero no conozco a casi nadie.

– Por eso no te preocupes… yo te los presento antes de que nos vayamos. Eso si, tienes que pagar tu parte de la casa.

-Vale, no hay problema ¿Mañana nos vemos?

– Si, ya he terminado los exámenes.

– ¿Qué tal te han salido?

– Pues me he dejado alguna para septiembre, pero bueno, ya veremos

 Lucia se marchó a Valencia con un grupo de amigos. Echaba de menos a David e incluso pensaba que podía serle infiel, pero se repuso y dejó de tener esos pensamientos. No conocía a casi nadie del grupo, pero aún así se integró rápidamente. Lucia era una chica muy sociable y risueña. Una chica muy normal, quizá algo irresponsable, pero con casi veinte años no se le exigía mucho más.

 La semana pasó sin muchas novedades. Por la mañana iban a la playa, y luego a la piscina. Comían, reposaban la comida y repetían el ritual de la mañana. Un día decidieron ir caminando hasta el pueblo contiguo por la costa. Tan solo eran tres kilómetros, cerca de una hora es lo que calcularon que tardarían en llegar, pero no contaron con los accidentes geográficos que podían encontrar. Tuvieron que atravesar una especie de laguna y las chicas del grupo se habían arreglado más de la cuenta. Llegaron al pueblo, atravesaron la playa y enseguida estuvieron en el paseo marítimo. Quisieron inmortalizar el momento y posaron sentados en un banco de piedra. La foto quedaría bonita. Todos los que habían ido al viaje, descansando de la caminata, con un bonito fondo; el mar y la puesta de sol. Caminaron hasta el final del paseo, encontraron varios puestos de artesanía y Lucia decidió comprar unas figuras de arena para sus hermanas, dentro de las cuales estaba escrito sus nombres con letras de purpurina de varios colores. Uno tenía forma de pez y el otro un sol. Para ella no quiso nada, no le gustaban mucho los abalorios y la mayoría de los puestos ofrecían pulseras, anillos, colgantes…

 Empezó a anochecer, y decidieron que tenían que volver, así deshicieron sus pasos y regresaron al apartamento. Dos días más tarde, estaban haciendo las maletas para volver a Madrid. Cuando llegaron, David, Cristina y Juanjo, estaban esperando en Atocha. David y Lucia se fundieron en un abrazo y tierno beso que demostraba que estaba ansioso por verla, abrazarla, tocarla, mirarla… Tras el reencuentro fueron a casa de Lucia para que se duchara y se cambiara de ropa. Era sábado y estaban todos los amigos estaba esperando que llegara Lucia para darla la bienvenida. En Arguelles, la conocían casi todos y la saludaron efusivamente. También hubo presentaciones, nuevos amigos se habían incorporado accidentalmente al grupo.

 – Hola, soy Juan.

– Hola encantada. ¿De que os conocéis? Se volvió hacia David esperando una respuesta.

– Pues por una confusión. Sergio pensaba que  se quería liar con Elena. Íbamos a por el y casi nos pegamos. Pero estuvimos hablando y ahora somos amigos

– Vaya historia, ya me contareis más despacio.

El verano transcurrió con mucha normalidad. Antes de que quisieran darse cuenta, llegó el quince de agosto, fecha que tenían prevista para iniciar el viaje a Cádiz. El coche era pequeño y tenían que ir cinco personas, dos perros y las maletas de cada uno. Las disputas por las ventanillas era ya todo un clásico, así que lo sortearon, y aunque a David le tocó la ventanilla y Lucia tenía que hacer el viaje en el sitio de en medio, dejó que fuera ella la que disfrutara de ese privilegio.

 Hicieron varias paradas para estirar las piernas, comer algo y echar gasolina. Llegaron a media mañana, buscaron la casa y se acomodaron lo mejor posible. En realidad eran dos casas que estaban comunicadas por un patio de luces, adornado con macetas de varios tipos que contenían hermosas flores. La fachada de la casa era blanca y tan solo el azul de las ventanas aportaba algo de color al barrio. Cuando comprobaron que todo estaba bien y tras dar una vuelta por el pueblo, se cambiaron de ropa, y se fueron a la playa, para aprovechar lo que quedaba de sol. Los demás fueron llegando poco a poco y se iban instalando conforme a lo que habían quedado. David y Lucia tendrían habitación propia hasta que llegaran Roberto y Patricia, luego tendrían que dormir en un colchón en el suelo del salón de una de las casas. Las casas se dividieron por edades. Los mayores y los más pequeños se quedaron con la exterior y los jóvenes, entre los cuales estaban ellos, se quedaron en la interior. No había grandes diferencias entre las casas y lo único que querían era estar juntos y pasarlo bien. Una noche salieron en busca de una zona de marcha, pero les dijeron que tenían que irse a un pueblo vecino, y como no tenían medio de transporte, decidieron quedarse en la playa del pueblo contemplando las estrellas y escuchando como las olas rompían en la playa. Había luna llena y bajo su luz se tumbaron en la arena, que aún conservaba el calor que el sol le había traspasado durante toda la jornada. David empezó a besarla, ya no era el chico que daba aquellos besos arrebatadores, ahora desprendía más dulzura, pero también transmitían pasión y amor, ese amor incondicional que quería entregar a Lucia durante su estancia en la “tacita de plata”. No lo tenían fácil, ya que Roberto y Patricia llegaron a los dos días de estar allí y no disfrutaban de su intimidad porque su cama estaba en un punto de paso, así que optaron por frenar su pasión y dejarlo para algún otro momento, pero sin renunciar a los besos y caricias que antes de dormir compartían.