Locura Transitoria

LOCURA TRANSITORIA

Una mañana más suena el despertador. Miro el reloj y pienso que aún me quedan diez minutos más que puedo aprovechar. Solo tengo que bajar tres pisos andando y subir la calle para coger el autobús. La lluvia se hace más intensa por momento y se me hace más difícil salir de la cama, aún así, intento desperezarme y meter los pies en las zapatillas que tengo preparadas junto a la cama.

Hace mucho frio, así que me pongo todas las capas que puedo para que no se meta en mi cuerpo. Pienso que si el frio llega hasta mis huesos ya no podré sacarlo nunca más.

Me distraigo con el pelo, con los zapatos, elijo el bolso y meto en el todo lo que creo que es importante para la jornada que me espera. Además también llevo conmigo la cámara de fotos. Creo que cuando salga de la oficina me pasaré por el parque. El color ocre de las hojas en el suelo se parece a aquellos tapices viejos que había en casa de mi abuela.

Miro el reloj. ¡Mierda! Solo me quedan tres minutos para llegar a la parada y aún estoy descalza. Estos mismos. Meto los pies en los zapatos negros que me puse ayer. Total, nadie se va a fijar en lo que llevo puesto y son bastante cómodos.

Al llegar a la parada del autobús observo que en la marquesina no hay nadie. He perdido el autobús por los diez minutos de más que me he concedido para estar en la cama. Pues ya no llego… a ver como se lo digo a mi jefe. Le diré que me he puesto mala. Así aprovecho el día para mis cosas.

Parece que no se lo ha tomado muy mal. Estos días no hay mucho movimiento, así que no creo que le importe demasiado, aunque le he notado un poco preocupado. No le he entendido muy bien cuando me ha preguntado por una carta. Sea lo que sea, podrá esperar a mañana.

¿Otro café? Si, no me vendría mal, pero esta vez me tomaré tranquila en la cafetería, creo que también pediré una tostada.

Mientras tomaba café observaba por la cristalera las gotas de lluvia que se quedaban en el cristal, la gente que pasaba, y los edificios que rodeaban la plaza de los autobuses. Nunca los había contemplado de aquella manera.

La Tabacalera Phoencia, abandonada hace años, llamó mi atención de una manera irracional. Pagué mi consumición y sin pensármelo dos veces  me dirigí hacía la entrada.

Como podía esperar la puerta estaba cerrada y por mucho que intentaba empujar no había forma de abrirla. Rodeé el edificio para buscar una posible entrada y tan solo encontré una ventana rota.

No soy muy buena para colarme en sitios prohibidos, pero me cercioré de que no hubiera nadie cerca que pudiera verme entrar y con la ayuda de una rueda abandonada conseguí meterme dentro de la tabacalera.

Al principio estaba un poco asustada. No tenía miedo a fantasmas o apariciones, mi mayor miedo era ser descubierta por la policía y que me pusieran una multa por mi curiosidad. Una vez superado el miedo a ser vista por la gente que pasaba decidí sacar la cámara de fotos y empezar a inmortalizar todos los objetos que allí iba encontrando. Había cosas muy curiosas, incluso pude encontrar nóminas de los trabajadores. Me sorprendió ver que en aquella época las mujeres también participan de forma igualitaria en los trabajos que allí se realizaban.

Encontré una escalera que me llevó a una oficina, imaginé que el jefe habría pasado allí muchas horas para sacar a delante el trabajo de cientos de obrero que allí ganaban un jornal para llevar a casa y poder dar de comer a sus hijos. Muchos papeles y más nominas.

Al fondo de la oficina había un pequeño armario de madera. Pude abrirlo sin mayor esfuerzo y encontré una caja de madera con relieves que llamó poderosamente mi atención. Cogí la caja y me senté en el sillón desvencijado de ese material que parece piel, pero en realidad no lo es. No sé que esperaba encontrar. Quizás cuentas de la tabacalera o documentos prohibidos que nunca vieron la luz. Documentos que podrían poner en peligro la existencia de aquella empresa.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando abrí la caja y encontré un montón de fotografías en blanco y negro. Mucha gente de la que aparecía en las fotos me resultaba familiar, aunque no sabía qué relación podían tener conmigo. Fui pasando una a una las fotografías por mis manos, hasta que en una de ellas pude ver una imagen que me impactó muchísimo. No podía creer lo que estaba viendo. Seguro que era un error o alguien muy parecido. Seguí repasando las fotos y la imagen se repetía una y otra vez, pero no podía ser real.

Busqué dentro de los cajones de la mesa que parecía ser la principal y mis temores se hicieron realidad. En todos los documentos que encontré estaba estampada mi firma. No podía ser yo la responsable del cierre de la tabacalera y mucho menos la que aparecía en las fotografías acompañada de los trabajadores.

Tuve mucho tiempo para pensar, tanto que la percepción de las horas era casi inexistente para mí. Metí las fotos en la caja, la cerré y la volví a guardar dentro del armario. Cogí varios documentos para poder leerlos con detenimiento y me refugié debajo de la mesa. Nunca más volví a salir de la tabacalera.

“La demolición de la tabacalera Phoencia ha sido pospuesta. Han aparecido los restos de una mujer. Creen que lleva muerta algo más de 30 años. Todo apunta a un suicidio. La causa: Locura transitoria”.

 

¡Despedida!

Era la primera vez que Irene era despedida. Aunque habían reconocido que era un despido improcedente no podía hacer nada.  Se había quedado en el paro en el peor momento, ya que había decidido cambiarse de casa. Ya tenía los papeles firmados, así que no podía echar marcha atrás.

Irene pensó que no había mal que por bien no viniera.  Llamó a su madre para comunicarle la noticia.

–          De momento no voy a buscar trabajo.

–          Pues tendrás que arreglar los papeles del paro ¿no?

–          ¡Que pereza! El lunes voy sin falta.

Pasó varios días enfrente del ordenador, actualizando su estado en las redes sociales y cambiando el curriculum. Creía que su último empleo le abriría muchas puertas y se inscribió en varias ofertas.

El lunes por la mañana, volvió a sonar el despertador a las 7:15 de la mañana. Aún no había perdido la rutina de madrugar y las colas del paro son interminables.  Una ducha para despejarse y buen desayuno para cargar las pilas. No fue muy veloz, ya que no tenía un horario que cumplir y la oficina del paro estaba relativamente cerca. Pensó que lo mejor  sería ir en coche, le daba mucha pereza pensar en caminar a esas horas, pero también tenía que buscar un sitio donde aparcar. Aquella zona estaba llena de vados y el acceso era peatonal, así que tenía que andar aunque no quisiera.

Se puso unos vaqueros, un jersey fino y las botas que se había comprado para ir a la oficina. Cogió la carpeta con todos los papeles que había firmado y se paró en una papelería hacer una fotocopia del DNI. Quería dejarlo todo resuelto esa misma mañana y no estaba dispuesta a que la dijeran que  le faltaba algún requisito.

–          Que de gente. Pensó

Se acercó al mostrador de “Información” para saber a dónde tenía que dirigirse. La mañana no empezaba bien. Detrás del mostrador solo había una silla vacía.  Mientras esperaba a que llegase la persona que tenía que ocupar esa silla, pudo observar que varias personas más, iban llegando a la oficina de empleo, iban cogiendo su papel y se sentaban en la hilera de asiento que Irene tenía justo a su derecha.

“Cada vez va entrando más gente. Voy a tener que estar aquí toda la mañana”

Irene levantó la mirada, después de revisar una y otra vez los papeles que lleva consigo para descubrir que, por fin había alguien detrás del mostrador.

“Menos mal, creía que no llegaría nunca. Normal que haya tardado tanto. Ya no puede con los años. Pero a mí, eso  me da igual. Tengo ganas de salir de aquí, e irme al centro a esperar a Elena. ¿Por qué siempre me toca esperar?

–          Buenos días. ¿Para apuntarme al paro?

–          Buenos días. ¿Cómo demandante o para la prestación? La mujer que estaba al otro lado del mostrador la miró  por encima de sus diminutas gafas, esperando una contestación por parte de Irene.

–          Pues…para las dos cosas

–          Primero tienes que inscribirte como demandante. Para eso tienes que coger turno donde pone “DEMANDA”. La mujer señaló con su dedo una máquina que distribuía los turnos. Cuando tengas el papel, coges otra vez turno, pero esta vez tienes que pulsar sobre “PRESTRACIONES”.

–          Muchas gracias, buenos días

Irene salió de la fila y se fue directamente a sacar el papelito. Se había fijado en como lo estaban haciendo los demás. Puso el dedo encima del botón que ponía DEMANDA  y salió un papelito con una letra y un número de tres cifras.

D121

Espere a ser llamado

Levantó la cabeza hacia el visor  y vio que tan solo le quedaban tres números.

–          Bueno, parece que esto no va tan lento como pensaba. A lo mejor me da tiempo a mirar unos modelitos en la tienda de enfrente.

Todos los números iban avanzando, menos el suyo. Se había quedado en el D119 y ya llevaba más de tres cuartos de hora esperando. Sabía que después tendría que esperar de nuevo. Si  al menos se hubiera llevado un libro para leer, la espera  no se haría tan pesada.  Irene no leía mucho y probablemente se hubiera cansado de leer a los diez minutos, hubiera cerrado el libro y se habría puesto a rebuscar el móvil en el bolso para llamar a Javier. Por fin apareció en la pantalla el D120. Irene miró por toda la sala y parecía que el D120 se había marchado.

–          Parece que me toca a mí.

Emocionada miró de nuevo hacia el visor, pero no vio lo que necesitaba. Una hora.

–          ¡Esto es increíble! Miró indignada el reloj.  Si al menos pudiera salir a comprarme una revista.

Se levantó de la silla, no podía permanecer más tiempo sentada. El caso es que no había tanta gente, pero ella seguía allí, pensando en la tienda de ropa, mirando el reloj y esperando a que el  visor le mostrara  el D121. Cuando regresó a su asiento descubrió que había sido ocupado por un chaval que no tendría más de veinte años. Ahora tenía que seguir esperando, pero de pie. Menos mal que no se había puesto tacones. Dio largos paseos por la sala de espera de la oficina sin apartar la mirada ni un solo segundo del maldito visor que también tenía sonido para indicarla que aún no era su turno.

Después de diez minutos más de espera, llegó su turno.

-¡por fin!

Una señorita se acercó a ella para decirla que tenía que esperar unos minutos más. Pensó que esperar unos segundos más no sería tan trágico. Tomó aire y volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado más de siete minutos y la señorita que la había atendido aún no había regresado a su puesto de trabajo.

Irene se estaba descomponiendo por momentos. Estuvo a punto de levantarse y marcharse, pero no lo hizo. Volvió la cabeza y vio que la mujer que la había dejado esperando más de diez minutos volvía de la calle, hablando amigablemente con una compañera y con vaso de café en la mano.

–          Lo siento, pero es que es mi hora de desayuno

–          No puede tenerme aquí esperando. Entiendo que es su hora de desayunar, pero su puesto tendría que quedar cubierto. Es indignante que tenga la desfachatez de decirme que se ha ido a desayunar

–          Si quiere puede poner una reclamación

–          Encima, ¿se ríe de mí? ¿Para qué iba a servir? ¿Para perder más mí tiempo?

La funcionaria se puso las gafas y tecleó rápidamente el nombre, los dos apellidos y el DNI de Irene. Le hizo unas cuantas preguntas y actualizó la demanda de empleo.

–          Aquí tiene. Debe venir a sellar este papel los días indicados. Si no estuviera en Madrid alguno de esos días, puede hacerlo por Internet o en la oficina de empleo de la comunidad donde se encontrase.

–          Muchas gracias. Adiós

Irene no podía entender como había perdido más de una hora para un trámite tan sencillo. Ahora le tocaba la segunda parte. No se encontraba de humor, pero lo que tenía claro era que ella iba a salir de aquella oficina con todo en orden. No quería perder otra mañana metida en aquella oficina oscura y sin personalidad.

Volvió a pulsar el botón, pero esta vez se fijó bien en que pusiera PRESTACIÓN. Otro papelito volvió a salir por aquella boca que no dejaba de escupir papeles con números y letras.  Lo miró con desdén mientras pensaba que al menos estaría allí una hora más.

A482

Espere a ser llamado

Iba por el A415, así que tendría que volver a esperar. ¿Cuánto más  tendría que permanecer allí? Ya no podría echarle un vistazo a la ropa de la tienda de la calle de enfrente. Había quedado con Elena para comer en el centro y ya, también dudaba de que fuera a llegar a tiempo, ya que eran más de cincuenta números y visto lo visto… Para su suerte, esta sección iba algo más ligera, pero aún así tuvo que esperar más de cuarenta minutos para ser atendida.

–          Buenos días. Quería informarme de cuanto me quedará de prestación y de cuando empezaré a cobrarla.

–          A ver, ¿ha traído el certificado de empresa?

–          Si

–          ¿Y el contrato?

–          Si, aquí tiene. ¿Alguna cosa más?

–          ¿Tiene los contratos anteriores?

–          No, pero ¿es necesario?

–          No, pero así le saldría más tiempo, aunque el máximo son dos años. Déjeme ver…

El hombre que atendió a Irene parecía muy hábil en su trabajo. Introdujo los datos en el sistema y le comentó:

–          Veo que has trabajado a tiempo parcial. Si encuentras el contrato, te quedará más tiempo.

–          Yo lo que quiero es agilizar el trámite. Así que prefiero dejarlo hecho hoy.

–          Pues lamento decirla que tendrá que volver a partir del día 8, ya que su antigua empresa le ha pagado los días de vacaciones. Por lo tanto no podrá apuntarse hasta entonces

–          Entiendo…

–          En estos días puede buscar los contratos que le faltan y así tramitaremos su solicitud.