Encuentro casual

 

Sacó el monedero azul que le había regalado su abuela cuando hicieron ese viaje tan especial a Sevilla. Puso el dinero encima del mostrador negro y recibió unos ticket que le darían derecho a una consumición. Entraron en la discoteca y recorrieron con la mirada cada rincón para elegir el mejor sitio.

 

 Como si de un fantasma se tratase, Lucia se quedó paralizada al ver frente a ella a Juan Carlos. Pensó que no podía ser posible e intentó esquivar su mirada, pero ya era demasiado tarde.

 Once días antes.

– Hola Juan Carlos, por fin puedo hablar contigo.

– He oido tus mensajes en el buzón de voz

– ¿Por qué no me has contestado? Bueno, da igual. Te llamaba para decirte que es muy probable que no volvamos a vernos más.

– ¿Qué ha pasado?

– Nada, a mi padre le han trasladado a Tenerife y nos vamos un año a vivir allí.

– ¿Y no te puedes quedar?

– Es que no quiero quedarme y ya no quiero que sigamos juntos

– Ok, si es tu decisión, pues nada. Que te vaya muy bien

 Con seco adiós colgaron el teléfono y así se dio por finalizada, nuevamente la relación.

 No había traslado, ni viaje a Tenerife, ni nada de nada. Lo que Lucia quería era sacar de su vida a Juan Carlos, ya que estaba haciéndola daño con tanto desprecio hacia ella. Lo que había empezado como una bonita historia de amor, resultó ser un tormento, un castigo que ni ella ni nadie se merecía.

 Parecía que la mentira había colado y que por fin podría empezar desde cero, pero había algo en ella que la hacía volver a pensar en el, en sus primeros encuentros y en las pocas y pequeñas cosas que habían compartido. Una pelicula en el cine y varias noches de discotecas que siempre compartían con otros amigos. Poco tiempo para el romanticismo, pero demasiado para tantas y tantas peleas por teléfono que no hacían más que minar el principio de la relación. Compartieron pasado, pero nunca hicieron planes de futuro

 – ¿Qué haces aquí? ¿No te ibas a Tenerife?

– Si, pero al final nos vamos la semana que viene

– Pues, nada. Que tengas buen viaje

– Gracias

 Se miraron a los ojos durante unos segundos, para acabar con dos besos frios, aun había algo pendiente entre los dos, pero Cristina la agarró de un brazo y señalando a uno de los sofás se la llevó. No quería ver como su amiga volvía a sufrir. Pero todos sus intentos fueron en vano. Lucia solo tenía ojos para el y estuvo vigilando cada uno de sus pasos toda la noche.

 Con unas copas de más y sin que Cristina se diera cuenta, bajó a la pista. No podía controlar sus movimientos y al ritmo de la música, se acercaba milímetro a milímetro a el, que al principio no quería dar crédito a lo que estaba viendo, aunque no parecía que le disgustara. Dejó a su amigo solo, se aproximó a ella y agarrandola fuertemente de la cintura besó sus finos y delicados labios. Fue un beso corto, que tan solo duró unos segundos y que se mezcló con un segundo beso más apasionado, más intenso, pero que fue interrumpido por las voces de Cristina.

 – Pero, ¿Qué haces? Venga, vamonos.

 Como si hubieran roto un hechizo, tuvieron que despedirse, no si antes confesarle que el viaje a Tenerife era una mentira y que seguiría viviendo en Madrid, con la esperanza de dejar una puerta abierta.

 Mientras tanto, todos los amigos esperaban, excepto David que se impacientaba. Cristina le había contado la historia por encima y lo mal que lo había pasado su amiga todo el verano. Cuando salieron, David y Juan Carlos cruzaron las miradas y sin pronunciar una palabra David lanzó unos puñetazos hacia la cara de Juan Carlos que reaccionó a tiempo para evitar el golpe. No hubo que lamentar nada y al final cada uno se fue por su lado.

 Otra noche más que terminó con un paseo hacia casa de Lucia, acompañada de David, aunque no fue tan agradable ya que lo único que se escuchaba eran los tacones de Lucia al caminar por las calles silenciosas de su barrio.

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