Aprieta, pero no ahoga

Víctor y Ana habían tenido un día duro. Habían caminado más de lo que sus pies les permitían, pero aún así no querían abandonar. No habían comido y ya sentían como el hambre se hacía notar en sus estómagos, así que decidieron entrar en la primera cafetería que encontraron para tomar algo. Se sentaron cerca del gran ventanal y enseguida se acercó un camarero para preguntarles que iban a tomar. Pidieron unos refrescos mientras Ana sacaba unos papeles y le indicaba a Víctor que los leyera detenidamente antes de firmarlos. El camarero no quería interrumpir, pero tenía que preguntar si querían algo más. Pidió disculpas de antemano y les ofreció algo para comer. Tras pensarlo unos segundos se decidieron por un par de platos combinados.

Mientras el camarero apuntaba con bastante diligencia lo que iban a tomar, no podía apartar la mirada de aquella chica, pensaba que podía ser lo que pasaba en su vida para que no pudiera dejar de llorar. Vio como el hombre la ofrecía un pañuelo mientras respondía a la pregunta de ¿Por qué ahora? Tan solo un “tarde o temprano tenía que ocurrir” fue la respuesta.

El camarero se alejó, las voces se iban perdiendo poco a poco, pero los gestos lo mostraban todo. Mientras preparaba las bebidas en la barra, observaba a la pareja. Deicidamente no estaban pasando por su mejor momento.

Ana sacó algo del bolsillo y lo puso en la mano de Víctor. El camarero se dio cuenta enseguida de que era un anillo, la alianza, pensó.

Entró en la cocina para ver si la comida estaba dispuesta, pero no pudo evitar comentar lo que estaba sucediendo con aquella pareja.

–          Otros que se separan…

–          ¿Quienes?

–          ¿Ves a aquella pareja que está sentada junto a la ventana? Desde que han entrado ella no ha dejado de llorar. Ha puesto encima de la mesa unos papeles y le ha pedido que los lea antes de firmarlos. Además le ha devuelto la alianza.

El camarero llevó las bebidas a la mesa, mientras Víctor leía con sumo cuidado los papeles que Ana le había dejado.

–          Tenemos que solucionar esto cuanto antes. Ya lo hemos alargado mucho tiempo.

–          No es tan sencillo… estas cosas requieren tiempo.

El camarero intentaba disimular, pero estaba realmente interesado en conocer todos los detalles de la separación. Se acercó nuevamente a la mesa, esta vez el hombre era quien le devolvía el anillo. Pedía que se lo quedara ella, que no podría hacer nada con él.

Las lágrimas no dejaban de correr por la cara de aquella mujer, el hombre solo sabía consolarla acariciando sus manos. Ella le miraba a los ojos pidiendo una explicación, pero él no sabía que decir.

Mientras dejaba los platos encima de la mesa, ellos continuaban con su conversación. Venderían la casa y cada uno haría lo que quisiera con su mitad.

El camarero pensaba  que era una pena que una pareja tan joven acabara de aquella manera tan triste. ¿Qué motivos podrían tener? Seguramente una infidelidad. En los tiempos que corren es lo más normal. Ella está muy afectada, así que seguramente es ella la que habría sufrido la infidelidad.  Aunque también ha podido ser ella la infiel. Se siente tan culpable por haber traicionado la confianza de su marido, que ahora no puede dejar de llorar. Quizá le haya pedido una segunda oportunidad. Puede que haya habido otras ocasiones. Su marido ya no le prestaba la atención que ella necesitaba, por eso habrá recurrido a los brazos de otro hombre para sentirse querida, valorada… Las mujeres solicitan mucha atención por nuestra parte. Imagino que será la última comida que hagan juntos, cuando salgan de la cafetería cada cual tomará rumbos diferentes y no volverán a verse, salvo que haya niños de por medio. En ese caso están destinados a entenderse, aunque no quieran tendrán que velar por su bienestar.

Fue una comida tranquila, ni una palabra más alta que la otra. Dos besos fríos en la mejilla y un ya hablaremos fue la despedida de Víctor, que dejó a Ana sola en la cafetería. Dio un último repaso a los papeles que Víctor ya había firmado y pidió un café y la cuenta.

El camarero se acercó con la taza e intentó a animar a Ana

–          No se preocupe, ya verá como todo se arregla. Dios aprieta pero no ahoga.

–          Gracias, pero estamos pasando un mal momento en mi familia, aunque ya sé que no soy ni la primera ni la última que pierde a una madre.

–          ¿Ha fallecido su madre?

–          Sí, mi hermano y yo estamos intentando arreglar el tema de la herencia que es más complicado de lo que yo pensaba.

 

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Día de verano

 

David no quería dejar pasar la ocasión. Pretendía que el viaje fuera especial, así que se informó en los hoteles cercanos de cuanto costaría pasar una noche, con desayuno incluido. Hubo que le gustó mucho y que no se salía demasiado de su presupuesto. Además pretendía adornar la habitación con flores. Pensó que sería el lugar ideal para demostrar su amor hacia ella, pero quería contar con el beneplácito de la que en un futuro podría ser su suegra.

 

 – Me gustaría preparar una sorpresa para Lucia, pero quería preguntarte antes que te parece.

 

– Dime.

 

– He estado mirando hoteles y me gustaría pasar una noche a solas con Lucia.

 

– ¿Para que te vas a gastar el dinero?

 

– Es que no tenemos intimidad, además solo sería una noche

 

– No me parece buena idea.

 

 A David, no le gustó mucho la respuesta, pero tuvo que admitirla sin más. No estaba contento y su cara reflejaba su estado de ánimo. Fernando, el tío de Lucia, intentó animarle y le dio una alternativa que parecía factible y que no podía rechazar.

 

 Todos los días visitaban playas nuevas, siempre fuera de la localidad en donde estaban alojados. La idea era muy sencilla, pero a la vez podía resultar efectiva. No asistirían a una de las jornadas playeras, para disfrutar de la casa a solas. Se quedarían con la excusa de visitar el pueblo. David recuperó la ilusión y empezó a darle vueltas a ese día tan maravilloso que les esperaba.

 

 Nadie comentó nada, David y Lucia no irían a Conil, porque se iban a quedar visitando San Lucar de Barrameda. Por la mañana, antes de que se levantara nadie, David se levantó para traer el desayuno de Lucia, un batido de helado de chocolate en vaso de plástico, con una pajita y un croissant. También hizo una parada en la farmacia, ya que quería evitar un disgusto. La despertó con un tierno beso en la mejilla y suaves caricias en la espalda.

 

 – Hoy es nuestro día, podemos hacer lo que queramos.

 

– Que bien, ¿me has traído el desayuno?

 

– Si, quiero que hoy sea un día muy especial

 

– Muchas gracias, me siento como una princesa.

 

 Insistieron unas cuantas veces e intentaron convencerles para que se fueran a la playa con ellos, pero ya tenían en mente lo que querían y ese no era su plan. Por fin la casa se quedó vacía y se quedaron en la cama un ratito más. Los besos y caricias se repartían por todo el cuerpo. David no quería dejar ni un centímetro de la suave piel de Lucia sin recorrer con sus labios. Era la situación ideal, no habían compartido otro momento igual en los meses que llevaban juntos, ya que nunca era el apropiado o no encontraban ese lugar para transformar su amor y convertirse en un solo ser durante unos instantes.

 

 Todo marchaba bien, pero David estaba demasiado nervioso, parecía que fuera su primera vez, y quizá algo de eso si había. Era su primera vez con amor y se sentía tan especial que no pudo hacer nada, nada más que lamentarlo y pedir disculpas una y otra vez a Lucia por lo que había sucedido. Lucia comprendió la situación e intentó quitar hierro al asunto. Compartieron una ducha, se vistieron y salieron a dar una vuelta y comer. Por fin comían a una hora normal y no tardaron mucho en servirle la comida que habían pedido. Hacía mucho calor, y decidieron que lo mejor sería volver a la casa para evitar las peores horas de sol. Volvieron a la cama, pero esta vez para dormir la siesta y olvidar lo que había pasado por la mañana. Cuando se despertaron, dieron un largo paseo por la playa, dialogando sobre lo que harían cuando volvieran a Madrid. David tendría que regresar unos días antes para incorporarse al trabajo y Lucia pensó en regresar con el.

 

 – Creo que es mejor que te quedes aquí los tres días que quedan. Yo voy a estar bien. En el AVE solo tardo dos horas en llegar a Madrid

 

– Pero es que me apetece irme contigo, además me hace mucha ilusión montar en el AVE.

 

– Como quieras, pero antes de nada pregúntaselo a tus padres.