LA CASA CON VIDA

Como una pequeña familia, así pasábamos los veranos todos juntos.

Compartíamos días largos de piscina, juegos nocturnos y conversaciones que casi llegaban hasta el amanecer.

Todos niños aunque se diferenciaban muy bien las edades y el rango que ocupaba cada uno: de los mayores o de los pequeños.

Los pequeños no podíamos salir de la urbanización. Completamente prohibido. Tan solo con autorización y una vez al día se nos permitía ir a comprar chuches al quiosco de Paco, el cual merece una mención aparte por lo estrambótico de sus acciones, defectos y pocas virtudes. A pesar de ello, todos comprábamos allí nuestros caramelos y helados, quizá porque no había otro sitio.

Teníamos muy claro cuales eran nuestros límites, pero también sabíamos que podíamos jugar al despiste muy fácilmente, ya que el control que ejercían sobre nosotros era muy relativo.

Una tarde cualquiera de verano, después de quitarnos el cloro de la piscina y comernos un bocata de queso y jamón serrano, nos fuimos a comprar al quiosco de Paco. Al menos es lo que dijimos a nuestros padres para que nos dejaran salir de la “urba” sin levantar sospechas.

Justo en la calle de enfrente, en la parte de trasera de donde estaban nuestras casas había una mansión abandonada.

No se trataba exactamente de una mansión, pero si de una casa de grandes dimensiones con un pajar.

Ya habíamos averiguado que dentro había un tractor y queríamos probar lo que era montarse encima de uno de ellos.

Estaba a las afueras del pueblo, las calles vacías no iban a delatarnos y los adultos con sus cosas de adultos no estaban mirando el reloj para saber si estábamos dentro de la zona de seguridad, a la hora establecida. Y en el caso de que nos llamaran, las voces de nuestros responsables legales se oirían hasta el pueblo siguiente.

Empujamos la puerta que estaba totalmente podrida, pero aún así tuvimos que emplearnos para poder entrar.

Como cualquier casa abandonada estaba llena de polvo y de cosas que no tenían ningún valor, pero para nosotros era uno de nuestros mayores hallazgos hasta el momento.

Sorteando las raíces que habían crecido verticalmente, llegamos hasta el tractor. Tenía puesta las llaves en el contacto, pero como era de esperar aquel aparato viejo no quería arrancar. ¿Qué podíamos hacer?

Seguimos dentro de la casa,  por la parte que nosotros creíamos que fue un pajar ya que había varios instrumentos de labranza, como ese que es redondo y se usa para separar semillas.

Había montones de sacos de harina, y papeles tirados por el suelo.

Una panadería o una cooperativa de trigo. Indicios había para pensar en esa posibilidad.

Aburridos de investigar la zona de trabajo de unos campesinos, quisimos ver como era su casa por dentro.

Nos costó encontrar la forma de acceder a la planta superior. Perdimos mucho tiempo tratando de hallar una escalera o una rampa que nos facilitase la subida.

Por fin, tras una puerta metálica de color verde, había una preciosa escalera de caracol de hierro forjado.

Comenzamos a subir por ella, parecía interminable, pero todo en esta vida es finito y la escalera no iba a ser la excepción.

Al final de la escalera, una puerta de madera robusta y bien cuidada nos daba la bienvenida con los brazos abiertos.

Nuestra sorpresa al ver lo que allí había nos hizo retroceder y pensar que la casa no estaba abandonada y no queríamos ser descubiertos por lo habitantes de la casa.

Cientos de libros adornaban las estanterías que decoraban las paredes de la sala. Ordenados cuidadosamente y sin rastro de polvo.

Con la emoción de no querer ser vistos continuamos un tiempo en la sala, observando la disposición de los libros.

No se cuanto tiempo estuvimos allí, pero ni un solo ruido, ni un paso, ni voces que no fueran nuestros susurros, nada de nada.

Teníamos miedo, estábamos asustados, pero porque no queríamos que nos delataran, así que nos fuimos de allí sin ver a nadie ni ser vistos por nadie.

Dimos una vuelta a la manzana, para encontrar algún vestigio de vida en aquella casona, pero ni una luz encendida ni humo saliendo de la chimenea, ni una cortina mecida por la ligera brisa de verano del pueblo.

No volvimos a querer entrar en la casa, pero tampoco vimos que nadie entrara o saliera de allí.

Unos cuantos veranos más tarde, el ayuntamiento del pueblo decidió demoler la casa y allí estábamos nosotros, la pandilla, los pequeños para ver por última vez, la casa con vida.

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MIEDO AL FOLIO EN BLANCO

Tengo que volver a revisar todos los apuntes, esos que me dieron cuando hice ese curso de escritura creativa que tanta ilusión me hacía.

Ya han pasado varios años y ahora me veo enfrente de la pantalla del ordenador y con una hoja en blanco intentando escribir algo que tenga sentido.

Pero ha pasado tanto tiempo desde que no escribo nada. Un concurso de micro relatos, esa es la excusa perfecta para retomar el gusanillo de escribir, pero me pongo mis dedos encima del teclado y no me sale nada que pueda servir.

Me levanto de la silla, busco la carpeta verde y me reviso una y otro vez los temas que me dieron…

Me doy tiempo, creo que dejaré por un momento este texto y dejaré que las ideas fluyan, también revisaré el cuaderno de notas… Espero que las musas vuelvan pronto a mi mente. Mientras tanto… MIEDO AL FOLIO EN BLANCO

Consejillos para escribir relatos

Quizá yo no soy la más adecuada para escribir este post, pero me apetecía tener recogidos todos los consejos y truquillos que aprendí en la Escuela de Escritores. Espero que os sirvan y que los lleveís a la practica. Son pequeñas pinceladas que os pueden ayudar a mejorar un relato o escrito.

El primero y en el que se hacía más hincapie era no enumerar los sentimientos, sino en transcribir acciones que evoquen esos sentimientos que queremos transmitir al lector.

Al tener una duda a la hora de buscar alguna forma orinal de plasmar una idea, una buena forma de hacerlo es introducir la duda en el relato.

Las frases largas pueden llegar a aburrir al lector, es mejor separarlas mediante puntación. Utilizar los puntos para dar más agilidad al relato.

No hay que dirigir al lector, sino dar pinceladas para que cada uno le de su interpretación al relato.

Se pueden contar los sueños, pero es mejor que al final no se desvele que se trata de un sueño.

No hay que contar lo que nos aptece, sino lo que al lector le interesa saber.

Es mejor ir contando las acciones hasta llegar a lo que queremos contar.

Poner ejemplos para describir

Intentar evitar la cacofonía.

Los latiguillos esconderlos en el texto y no empezar las frases con ellos.

Estos son algunos de los consejos. Para mi los más importantes para hacer que un relato no se haga muy duro a la hora de leerlo.

Espero que os sean de utilidad y que los pongaís en práctica y si quereís podemos compartir relatos.

Sin noticias

Se durmió pensando en que había cerrado una etapa, que a partir de ahora David y ella tan solo serían amigos. Algo difícil de asimilar después de tanto tiempo juntos y tantas experiencias vividas. Ahora tenía un nuevo horizonte en su vida. Leo estaba más cerca de lo que ella había estado buscando todo este tiempo, además su madre ya había declarado que Leo le parecía un buen chico, a lo que Lucia respondió con un “solo somos amigos”.

A la mañana siguiente, Lucia se levantó llorando.

–      ¿Qué te pasa?

–      David y yo lo hemos dejado.

–      Bueno, tranquila. Todo pasa. Sois muy jóvenes y esto es normal.

–      Ya, pero me da mucha pena.

–      No te preocupes. Deja de llorar y arréglate. ¿Hoy tienes que trabajar?

–      Si, es mejor que deje de llorar, porque si no voy a ir al trabajo con unos ojos…

Lucia se metió en la ducha. Hacía mucho calor y dejó que el agua fría cayera por su cuerpo, mientras pensaba como iba a ser su vida a partir de ahora con Leo. Ya no tendría que esconderse y podría quedar con el siempre que los dos pudieran. Por un lado se sentía atormentada y sentía dolor por el daño que pudiera causarle a David, pero por otro lado, al fin podría hacer su vida al lado de Leo y quién sabe, a lo mejor era el amor de su vida.

Al salir de la ducha encendió el móvil por si tenía alguna llamada o algún mensaje de Leo. Revisó los mensajes entrantes, los salientes e incluso el registro de llamadas perdidas. Preguntó si habían llamado preguntando por ella, mientras estaba en la ducha, pero parecía que nadie se había acordado de Lucia. Ni David, ni Leo, ni ninguna amiga…

Antes de terminar de vestirse para ir a trabajar, decidió llamar a Leo a casa, pero su madre le dijo que acababa de salir y que no sabía a qué hora iba a llegar. Le pidió que le diera el recado y se despidió. Dejó el teléfono cargando, se puso el uniforme y se marchó para coger el autobús que la llevaba al centro comercial donde Lucia trabajaba a jornada parcial, pero era sábado y tenía que estar todo el día allí.

Seleccionó la música que quería escuchar y se puso los auriculares. Se pasó todo el camino mirando el móvil, pero el maldito no quería sonar.

 

Retomando

Había muchas cosas que solucionar, entre las cuales, estaba la venta del piso que tenía en común con David. El reencuentro era inevitable y David aún tenían intactos los sentimientos hacia Lucía, pero no podía hacer nada para que ella cambiara el sentido de su corazón.

Un beep alertó a Lucia de que había recibido un sms. Quería que fuera de Leo, pero no era de David. Quería recuperar las escrituras de su casa que hacía tiempo le había dejado a Lucia para solucionar los papeles de la casa. En realidad era una excusa para quedar y aunque ella no estaba por la labor decidió que ese el mejor momento para aclarar todos los temas comunes.

Quedaron en casa Lucia, pero al final decidieron verse en el parque. Además también había quedado con Leo ya que pensó darle las escrituras y pasar toda la tarde con el chico de su clase. Pero las cosas no siempre pasan como uno planea.

Cuando llegó David, vio a Lucia y a Leo hablando y riendo en el parque. No podía creer lo que estaba viendo. Lucia estaba sentada con aquel chico. Se imaginaba que había otro, pero nunca pensó que fuera él. Habían pasado tantas tardes juntos que no daba crédito a lo que veían sus ojos. Una mano de Leo en el pelo de Lucia le hizo darse cuenta de que el sobraba en esa escena, así que se acercó a ellos y con muy malos modales le exigió a Lucia que le diera las escrituras de su casa y que le devolviera el anillo que hacía tiempo había comprometido su amor.  A lo primero Lucia, accedió sin rechistar, pero lo del anillo le parecía una sinrazón.

–      No te lo voy a devolver

–      No tiene sentido que lo tengas. Que te regale uno tu nuevo novio

–      No es mi novio…

–      No tienes que decir nada. Devuélvemelo

Leo había abandonado la escena hacía tiempo, prometiendo a Lucia que más tarde la llamaría. La pidió que se tranquilizara y se marchó para que Lucia y David zanjaran la discusión.

Lucia le dio el maldito anillo a David y este lo tiró cerca de una rejilla de desagüe, pero afortunadamente no cayó dentro y Lucia pudo recuperarlo.

David se marchó muy triste y decepcionado. Lucia abatida y con el sentimiento de no estar haciendo las cosas del todo bien.

Escribió un mensaje a Leo, el cual no obtuvo respuesta. Lucia pensó que estaría dormido y que a la mañana siguiente tendría alguna palabra de ánimo y tal vez una cita con el chico que había desestabilizado su vida con David, pero que supondría un punto y aparte.

 

Planes de futuro

No les hacía falta inventar ninguna excusa para verse. Iban juntos a clase y prácticamente a cualquier sitio. Alba no aprobaba que Lucia mantuviera una relación con Leo mientras seguía con David.

 La decisión estaba tomada. Los días que había pasado junto a Leo le parecían súper especiales y no quería perderse eso por nada del mundo. Hacían planes para el verano aprovechando que Lucía tenía unos días de vacaciones. Primero se irían a Benidorm ya que los padres de Leo tenían una casa allí y ese año no irían porque las cosas en casa no iban muy bien. Ninguno de los hermanos de Leo, se pasaría por allí en las fechas que habían elegido, así que tendrían la casa para ellos solos. Luego se irían a la casa de Torremolinos de Lucía. Leo se había comprado un coche de segunda mano y eso les permitiría hacer el viaje que habían planeado. Celebrarían sus cumpleaños juntos ya que solo había seis días de diferencia. Sería el momento ideal para conocer a los amigos del otro. Todo estaba bien calculado, pero todo esto no podía llevarse a cabo si Lucía seguía con David.

 –      ¿Podemos quedar esta tarde? Tenemos que hablar.

 A pesar de la ingenuidad de David, él sabía, que cuando dicen esa frase en una película es porque la relación no va bien. Además notaba a Lucía muy distante. Las pocas veces que quedaban, Lucía siempre tenía alguna excusa para despedirse pronto de él. O bien tenía que estudiar o hacer algún trabajo, o bien tenía que ir al gimnasio.

 –      David, necesito que nos demos un tiempo. Me estoy empezando a agobiar con el tema de la boda, el piso, tu familia…

–      Lucía, ya hemos comprado la casa y ya tenemos la fecha reservada para la boda.

–      Haz lo que quieras con el piso, si quieres lo vendemos y lo que saquemos te lo quedas, al fin y al cabo yo no puesto nada de dinero para el piso. Ya arreglaremos lo de las escrituras.

–      ¿Pero qué ha pasado? No entiendo nada.

–      No me preguntes más solo quiero que nos demos un tiempo.

–      ¿Quieres que lo dejemos? Dilo claro.

–      Sí, yo creo que es lo mejor.

–      Muy bien, pues devuélveme las escrituras de la casa y el anillo.

–      Las escrituras si te las doy, pero el anillo no.

–      El anillo también. Si quieres que lo dejemos, lo dejamos, pero no quiero que tengas nada mío.

 Tras varios minutos y con lágrimas en los ojos Lucía se quitó el anillo y se lo dio a David. Lo tiró contra el suelo y se marchó. Lucía que se había quedado atónita con la reacción de David, recogió el anillo y se lo guardó en el bolsillo, no se lo quería volver a poner, pero no estaba dispuesta a perderlo. Salió corriendo detrás de David, pero ya era muy tarde. Se había marchado y no sabía si volvería a verle.

 Aprovechando que estaba en el parque, decidió acercarse a casa de Leo. Estaba muy emocionada, a la vez que entristecida por todo lo que había pasado. Tocó el telefonillo.

 –      Hola, ¿está Leo?

–      No se ha ido, si quieres llámale al móvil

–      Muchas gracias. Adiós.

 Eso fue lo primero que hizo. Sacó el móvil del bolso y marcó el teléfono de Leo, quería contarle todo lo que había pasado. Por fin ya podían empezar una relación sin complicaciones.

 –      Hola Leo, ¿Dónde estás?

–      En el paseo de Extremadura. He quedado con Ángela, una buena amiga. Estoy dando una vuelta con ella

–      ¿Podemos quedar luego?

–      Llegaré tarde. Si quieres mañana te paso a buscar en el coche y nos vamos los dos juntos a la uni.

–      Genial, pero tengo que contarte un montón de cosas.

–      Vale, pues si quieres quedamos un poco antes y me cuentas.

–      Ok, pues hasta mañana.

–      Hasta mañana

 Lucía colgó el teléfono y se quedó pensando en todas las cosas que podría hacer con Leo. También quiso llamar a David. Su intención era mantenerle como amigo. Habían pasado muchas cosas juntos y no quería todo acabara así. Además tenían amigos en común y Lucía se preguntaba que iban a hacer ellos.

 En ese momento, Lucía echó de menos a Cristina. Hacía ya unos cuantos años que no se hablaban. No sabían nada la una de la otra. Habían discutido por una tontería y ninguna de las dos estaba dispuesta a bajarse del burro. Imaginaba que Cristina estaba en la universidad y que había hecho nuevos amigos, que ya habría encontrado una nueva mejor amiga que la sustituyera a ella. Sabía por Álvaro, que tenía novio y que este era muy majo. Que ya lo conocían en casa y que parecía que iban en serio. Lucía se alegró por Cristina y pensó en una reconciliación, pero después de tanto tiempo ya no iban a ser las mismas. ¿De qué iban a hablar? Ya pocas cosas tenían en común, aunque Lucía guardaba aquella amistad y la recordaba con especial cariño. Habían sido casi hermanas. Pero todo eso ya había pasado y cada una había elegido su camino. Cada una por su lado.

Locura Transitoria

LOCURA TRANSITORIA

Una mañana más suena el despertador. Miro el reloj y pienso que aún me quedan diez minutos más que puedo aprovechar. Solo tengo que bajar tres pisos andando y subir la calle para coger el autobús. La lluvia se hace más intensa por momento y se me hace más difícil salir de la cama, aún así, intento desperezarme y meter los pies en las zapatillas que tengo preparadas junto a la cama.

Hace mucho frio, así que me pongo todas las capas que puedo para que no se meta en mi cuerpo. Pienso que si el frio llega hasta mis huesos ya no podré sacarlo nunca más.

Me distraigo con el pelo, con los zapatos, elijo el bolso y meto en el todo lo que creo que es importante para la jornada que me espera. Además también llevo conmigo la cámara de fotos. Creo que cuando salga de la oficina me pasaré por el parque. El color ocre de las hojas en el suelo se parece a aquellos tapices viejos que había en casa de mi abuela.

Miro el reloj. ¡Mierda! Solo me quedan tres minutos para llegar a la parada y aún estoy descalza. Estos mismos. Meto los pies en los zapatos negros que me puse ayer. Total, nadie se va a fijar en lo que llevo puesto y son bastante cómodos.

Al llegar a la parada del autobús observo que en la marquesina no hay nadie. He perdido el autobús por los diez minutos de más que me he concedido para estar en la cama. Pues ya no llego… a ver como se lo digo a mi jefe. Le diré que me he puesto mala. Así aprovecho el día para mis cosas.

Parece que no se lo ha tomado muy mal. Estos días no hay mucho movimiento, así que no creo que le importe demasiado, aunque le he notado un poco preocupado. No le he entendido muy bien cuando me ha preguntado por una carta. Sea lo que sea, podrá esperar a mañana.

¿Otro café? Si, no me vendría mal, pero esta vez me tomaré tranquila en la cafetería, creo que también pediré una tostada.

Mientras tomaba café observaba por la cristalera las gotas de lluvia que se quedaban en el cristal, la gente que pasaba, y los edificios que rodeaban la plaza de los autobuses. Nunca los había contemplado de aquella manera.

La Tabacalera Phoencia, abandonada hace años, llamó mi atención de una manera irracional. Pagué mi consumición y sin pensármelo dos veces  me dirigí hacía la entrada.

Como podía esperar la puerta estaba cerrada y por mucho que intentaba empujar no había forma de abrirla. Rodeé el edificio para buscar una posible entrada y tan solo encontré una ventana rota.

No soy muy buena para colarme en sitios prohibidos, pero me cercioré de que no hubiera nadie cerca que pudiera verme entrar y con la ayuda de una rueda abandonada conseguí meterme dentro de la tabacalera.

Al principio estaba un poco asustada. No tenía miedo a fantasmas o apariciones, mi mayor miedo era ser descubierta por la policía y que me pusieran una multa por mi curiosidad. Una vez superado el miedo a ser vista por la gente que pasaba decidí sacar la cámara de fotos y empezar a inmortalizar todos los objetos que allí iba encontrando. Había cosas muy curiosas, incluso pude encontrar nóminas de los trabajadores. Me sorprendió ver que en aquella época las mujeres también participan de forma igualitaria en los trabajos que allí se realizaban.

Encontré una escalera que me llevó a una oficina, imaginé que el jefe habría pasado allí muchas horas para sacar a delante el trabajo de cientos de obrero que allí ganaban un jornal para llevar a casa y poder dar de comer a sus hijos. Muchos papeles y más nominas.

Al fondo de la oficina había un pequeño armario de madera. Pude abrirlo sin mayor esfuerzo y encontré una caja de madera con relieves que llamó poderosamente mi atención. Cogí la caja y me senté en el sillón desvencijado de ese material que parece piel, pero en realidad no lo es. No sé que esperaba encontrar. Quizás cuentas de la tabacalera o documentos prohibidos que nunca vieron la luz. Documentos que podrían poner en peligro la existencia de aquella empresa.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando abrí la caja y encontré un montón de fotografías en blanco y negro. Mucha gente de la que aparecía en las fotos me resultaba familiar, aunque no sabía qué relación podían tener conmigo. Fui pasando una a una las fotografías por mis manos, hasta que en una de ellas pude ver una imagen que me impactó muchísimo. No podía creer lo que estaba viendo. Seguro que era un error o alguien muy parecido. Seguí repasando las fotos y la imagen se repetía una y otra vez, pero no podía ser real.

Busqué dentro de los cajones de la mesa que parecía ser la principal y mis temores se hicieron realidad. En todos los documentos que encontré estaba estampada mi firma. No podía ser yo la responsable del cierre de la tabacalera y mucho menos la que aparecía en las fotografías acompañada de los trabajadores.

Tuve mucho tiempo para pensar, tanto que la percepción de las horas era casi inexistente para mí. Metí las fotos en la caja, la cerré y la volví a guardar dentro del armario. Cogí varios documentos para poder leerlos con detenimiento y me refugié debajo de la mesa. Nunca más volví a salir de la tabacalera.

“La demolición de la tabacalera Phoencia ha sido pospuesta. Han aparecido los restos de una mujer. Creen que lleva muerta algo más de 30 años. Todo apunta a un suicidio. La causa: Locura transitoria”.

 

Noche de abril, noche de cambios

 Tal y como habían acordado, Leo y Lucia que vivían cerca fueron juntos a la parada de autobuses a esperar a que llegara Alba, ya que vivía en la periferia y la única forma de llegar a Madrid a esa hora, era a través del autobús. Mientras iban de camino iban comentando las expectativas que tenían para esa noche y el tipo de música que les gustaba. Ya sabían donde iban a ir, así que cuando llegó Alba, montaron en el metro y tras varios trasbordos llegaron a Moncloa.

 La noche transcurrió según lo previsto. Unos bailes y unas cuantas copas de más para esperar que llegara la hora de que abrieran el Cercanías. Dentro de la discoteca hacía mucho calor, pero era el mes de abril y por la noche refresca un poco. La chaqueta rosa que llevaba Lucia no era suficiente, así que Leo, en un intento de agradar a Lucia se quitó el abrigo y lo puso encima de los hombros de Lucia. Aún no era la hora, así que se sentaron a esperar. Tenían sueño, pero Lucia y Leo estaban encantados de estar juntos esa noche. Ni siquiera se habían dado cuenta de que también estaba Alba con ellos. Si, la habían utilizado para estar juntos. Leo sabía que sin Alba, Lucia se hubiera negado a quedar con él. Hubiera parecido una cita y ella tenía novio. Por su parte Lucia, no podía quedar a solas con Leo, ¿Qué le iba a decir a David? Nunca hubiera aprobado esa relación de amistad que surgió entre ambos.

 Por fin llegó el momento en que el abrieron las puertas de la estación del tren que Alba tenía que coger para llegar a su casa. Leo y Lucia se quedaron solos. Solo tenían que hacer un trayecto de veinte minutos, pero era el momento que ambos habían estado esperando toda la noche. Varias miradas y comentarios indiscretos fueron suficientes para que Leo se atreviera a acompañar a Lucia hasta el portal de su casa. Lo estaban deseando. Un beso. Pero Lucia también tenía en mente a David. Estaba empezando a sentir algo especial por aquel chico y debía reconocer que las cosas con David no iban como le hubiera gustado. Tenían la fecha de la boda, el piso y algo más de tres años de relación, pero aún estaba a tiempo de tomar las riendas de su vida. Ella quería estar con alguien por amor y no por pena o rutina y eso era en lo que se había convertido su relación con David.

 Una vez en el portal estuvieron hablando hasta que se les hizo de día. Lucia había mandado a David un mensaje al móvil diciendo que ya estaba en casa, cosa que no era del todo cierta porque aún estaba en la puerta con Leo.

 Se despidieron con dos besos en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, pero ahí se detuvieron sus instintos. A Leo le hubiera encantado y Lucia no habría girado la cara, aún así, en sus pensamientos estaba David, y por miedo o por respeto o por otras muchas causas se quedaron con las ganas.

 Leo decidió que su lucha por Lucia no acabaría ahí, tenía claro que la guerra la tenía casi ganada, así que no se rindió y esa misma noche escribió a Lucia. No tardó en contestar y tras varios mensajes Lucia no pudo hacer otra cosa que declarar sus sentimientos a Leo que, fueron correspondidos, aunque dejaron claro que irían con pies de plomo y Lucia pidió tiempo y paciencia. Tenía que hablar con David y solucionar todas las cosas comunes que tenían.

Apuntes

Cuando volvieron a clase, Leo se cambió sus cosas y se sentó cerca de Lucia. Esto molestó mucho a Patricia que no tardó en mostrar su descontento con la situación. Siempre habían pensado que ese chico era un empollón, ¿Por qué tenía que sentarse con ella? El ya tenía su grupo de amigos.

 –      Si queréis, cuando acabe la clase  os podéis pasar por mi casa. Mi ex novia trabaja en una agencia de publicidad y tengo muchos apuntes y cosas que os pueden venir bien para el trabajo.

–      Yo no puedo- Dijo Patricia- Esta tarde tengo que trabajar y no me da tiempo.

–      ¿Dónde vives?- Preguntó mirando a los ojos verdes de Lucia

–      En Carabanchel, ¿por?

–      Yo vivo en Campamento, si quieres antes de ir a tu casa, te pasas por la mía y echamos un vistazo a todo lo que tengo por casa.

–      Me parece buena idea, pero tengo que llamar a mi novio para decirle que hoy no me da tiempo a comer con él.

–      Si quieres podemos pedir unas pizzas y comemos en mi casa. Mis padres no vienen hoy a comer.

–      Genial. Pues a la una cogemos el bus y vamos a tu casa.

 Leo no sabía que Lucía tenía novio, pero no por eso quiso dejar de intentar conquistarla. La llamaba muy a menudo a pesar de haberse visto en clase. Todos los días la mandaba mensajes ambiguos, que a Lucia le parecían simplemente geniales. Muchas veces se quedaban a comer en la cafetería de la universidad y deshacía los planes que había hecho con David para estar con Leo.

 La presencia de Leo en la vida de Lucia, cada vez era mayor y David había pasado a un segundo plano. En muchas ocasiones, tenía que mentirle para que no sospechara que estaba viéndose con otro chico. El gimnasio era una buena excusa, siempre y cuando David no quisiera pasarse por allí para recoger a la que aún era su novia.

 Por su parte, Leo se encontraba muy a gusto con Lucia. Había mucha complicidad entre ellos. Se contaban cosas muy personales y que tan solo se hubieran contado si hubieran sido pareja.

 Alba se fue acercando poco a poco a ellos. Ya no eran tres en el grupo de la universidad, sino cuatro. Iban a desayunar juntos y hacían planes para hacer cosas después de las clases, aunque la mayoría de las veces Patricia no accedía a las salidas comunes.

 –      Podíamos quedar este finde para salir por ahí ¿no?

–      Yo es que vivo un poco lejos- contestó Alba

–      No pasa nada, nos quedamos hasta que tengas tren para volver a casa.

–      Entonces sí.

–      ¿Dónde vamos? ¿A qué hora quedamos? ¿Dónde?

–      Podíamos ir a Moncloa- Propuso Lucia.

–      Me parece bien

–      ¿Qué os parece el Inn? Ponen música de todo tipo y hasta la una no hay que pagar.

–      Vale, entonces quedamos a las once en Aluche, que es un punto intermedio para los tres.

 Lucia le comentó a David que el sábado saldría con Alba. David se quedó conforme. Conocía a Alba y sabía que no podía pasar nada malo con ella. Lo que no comentó Lucia, es que también había quedado con Leo.

Leo

–      No sé, me gustaría que fuera algo más nuevo. Es verdad que está muy bien de precio…

–      A mí me parece perfecto. Tenemos que hacer reforma, pero podemos decírselo a mi tío Fernando y seguro que nos sale mejor de precio

–      Yo quiero seguir mirando.

–      Venga Lucia, que este piso es el mejor

–      No se David, además este lado da justo a la carretera y no vamos a poder dormir.

–      Si en una semana no encontramos nada que te guste nos quedamos con este.

–      Vale, me parece un buen trato.

 Estuvieron mirando muchas casas. Las que les gustaban se salían del presupuesto que tenían y que las que entraban dentro del presupuesto necesitaba una gran reforma. Pasó la semana que se habían dado de plazo y no habían encontrado nada que encajara, así que se decantaron por la que David había elegido.

 Llevaron todos los papeles necesarios para iniciar los trámites de la compra. Unas cuantas firmas y la contratación de un seguro de vida obligatorio fueron suficientes para convertirse en propietarios.

 Por fin tenían las llaves de su casa. Ahora ya podían centrarse en preparar la boda, no sin antes hacer la temida mudanza.

 Hasta que no estuvieran casados, Lucia no viviría en aquella casa. Tan solo estarían juntos los fines de semana. Mientras tanto David se iría encargando de trasladar las cosas necesarias de una casa a otra. Lucia tenía que seguir estudiando y acabar la carrera. Ya lo habían hablado muchas veces. David se encargaría de pagar todo y Lucía solo tendría que estudiar. Todo parecía sencillo aunque el orgullo de Lucia era más fuerte y decidió que al terminar el curso buscaría un trabajo a media jornada que la permitiera continuar con sus estudios y participar en los gastos de casa.

 Lucia estaba preparando un trabajo para la universidad con su compañera Patricia. Se trataba de un estudio cualitativo de las profesiones. Tenían que elegir una profesión y hacer entrevistas, encuestas, grupos de discusión… una ardua tarea para una sola persona, incluso para dos. Pero fueron valientes y tras mucho deliberar se decidieron, aunque Lucia no estaba muy convencida.

 –      Yo prefiero la profesión de los policías, me parece más interesante y además tengo varios conocidos que pueden ayudarnos.

–      Lucia, creo que es más fácil que lo hagamos sobre los publicistas. Es más sencillo y accesible.

–      Está bien. Veremos a ver qué podemos hacer. Hay que trabajar mucho sobre esto.

 Les costó mucho hacer una buena introducción al tema que habían elegido, aún así se te atrevieron a exponerlo en clase. No tenían alternativa. Todos los grupos tenían que ir explicando a sus compañeros los avances que iban consiguiendo. Lucia preparó una exposición sencilla en la que podrían participar las dos, aunque fue ella la que más protagonismo tuvo.

 Al finalizar la presentación, el profesor hizo varios apuntes sobre el trabajo y dio paso a los compañeros. ¿Tenían alguna pregunta sobre el tema? Lucia esperaba que nadie levantara la mano, pero no fue así. El chico moreno de la tercera fila, con gafas y pinta de empollón levantó la mano para poner en un aprieto a aquellas chicas. Lucia no podía creerlo. Había preparado el tema con pinzas, así que no sabía muy bien cómo iba a contestar a aquel chico.

 Lucia contestó lo mejor que pudo, aún así el chico seguía sintiendo curiosidad. Lucia zanjó el tema al decir que estaban empezando a profundizar en el tema, pero que necesitaban más tiempo para llegar al punto que les estaba exigiendo. El profesor, también salió en defensa de Lucia y Patricia y las pidió que regresaran a sus asientos.

 Cuando terminó la clase, salieron al pasillo para descansar un poco y pensar si entrarían a la siguiente clase o tal vez se fueran a la cafetería.

 –      Hola me llamo Leo. Me interesa mucho vuestro trabajo y creo que os podría echar una mano

–      Hola, soy Lucia. La verdad es que no esperaba que nadie fuera a preguntar. De hecho pensé que nadie nos estaría escuchando.

 Leo sonrió y volvió a ofrecer su ayuda, a lo que Lucia respondió con unas gracias.

 La profesora de estructura social de España, ya estaba cerca de la puerta y decidieron entrar.

 Leo no podía apartar la mirada de Lucia durante la hora y media que duró la clase. Volvieron a coincidir en el pasillo y Leo no quería dejar pasar la ocasión para hablar con Lucia.