¡Despedida!

Era la primera vez que Irene era despedida. Aunque habían reconocido que era un despido improcedente no podía hacer nada.  Se había quedado en el paro en el peor momento, ya que había decidido cambiarse de casa. Ya tenía los papeles firmados, así que no podía echar marcha atrás.

Irene pensó que no había mal que por bien no viniera.  Llamó a su madre para comunicarle la noticia.

–          De momento no voy a buscar trabajo.

–          Pues tendrás que arreglar los papeles del paro ¿no?

–          ¡Que pereza! El lunes voy sin falta.

Pasó varios días enfrente del ordenador, actualizando su estado en las redes sociales y cambiando el curriculum. Creía que su último empleo le abriría muchas puertas y se inscribió en varias ofertas.

El lunes por la mañana, volvió a sonar el despertador a las 7:15 de la mañana. Aún no había perdido la rutina de madrugar y las colas del paro son interminables.  Una ducha para despejarse y buen desayuno para cargar las pilas. No fue muy veloz, ya que no tenía un horario que cumplir y la oficina del paro estaba relativamente cerca. Pensó que lo mejor  sería ir en coche, le daba mucha pereza pensar en caminar a esas horas, pero también tenía que buscar un sitio donde aparcar. Aquella zona estaba llena de vados y el acceso era peatonal, así que tenía que andar aunque no quisiera.

Se puso unos vaqueros, un jersey fino y las botas que se había comprado para ir a la oficina. Cogió la carpeta con todos los papeles que había firmado y se paró en una papelería hacer una fotocopia del DNI. Quería dejarlo todo resuelto esa misma mañana y no estaba dispuesta a que la dijeran que  le faltaba algún requisito.

–          Que de gente. Pensó

Se acercó al mostrador de “Información” para saber a dónde tenía que dirigirse. La mañana no empezaba bien. Detrás del mostrador solo había una silla vacía.  Mientras esperaba a que llegase la persona que tenía que ocupar esa silla, pudo observar que varias personas más, iban llegando a la oficina de empleo, iban cogiendo su papel y se sentaban en la hilera de asiento que Irene tenía justo a su derecha.

“Cada vez va entrando más gente. Voy a tener que estar aquí toda la mañana”

Irene levantó la mirada, después de revisar una y otra vez los papeles que lleva consigo para descubrir que, por fin había alguien detrás del mostrador.

“Menos mal, creía que no llegaría nunca. Normal que haya tardado tanto. Ya no puede con los años. Pero a mí, eso  me da igual. Tengo ganas de salir de aquí, e irme al centro a esperar a Elena. ¿Por qué siempre me toca esperar?

–          Buenos días. ¿Para apuntarme al paro?

–          Buenos días. ¿Cómo demandante o para la prestación? La mujer que estaba al otro lado del mostrador la miró  por encima de sus diminutas gafas, esperando una contestación por parte de Irene.

–          Pues…para las dos cosas

–          Primero tienes que inscribirte como demandante. Para eso tienes que coger turno donde pone “DEMANDA”. La mujer señaló con su dedo una máquina que distribuía los turnos. Cuando tengas el papel, coges otra vez turno, pero esta vez tienes que pulsar sobre “PRESTRACIONES”.

–          Muchas gracias, buenos días

Irene salió de la fila y se fue directamente a sacar el papelito. Se había fijado en como lo estaban haciendo los demás. Puso el dedo encima del botón que ponía DEMANDA  y salió un papelito con una letra y un número de tres cifras.

D121

Espere a ser llamado

Levantó la cabeza hacia el visor  y vio que tan solo le quedaban tres números.

–          Bueno, parece que esto no va tan lento como pensaba. A lo mejor me da tiempo a mirar unos modelitos en la tienda de enfrente.

Todos los números iban avanzando, menos el suyo. Se había quedado en el D119 y ya llevaba más de tres cuartos de hora esperando. Sabía que después tendría que esperar de nuevo. Si  al menos se hubiera llevado un libro para leer, la espera  no se haría tan pesada.  Irene no leía mucho y probablemente se hubiera cansado de leer a los diez minutos, hubiera cerrado el libro y se habría puesto a rebuscar el móvil en el bolso para llamar a Javier. Por fin apareció en la pantalla el D120. Irene miró por toda la sala y parecía que el D120 se había marchado.

–          Parece que me toca a mí.

Emocionada miró de nuevo hacia el visor, pero no vio lo que necesitaba. Una hora.

–          ¡Esto es increíble! Miró indignada el reloj.  Si al menos pudiera salir a comprarme una revista.

Se levantó de la silla, no podía permanecer más tiempo sentada. El caso es que no había tanta gente, pero ella seguía allí, pensando en la tienda de ropa, mirando el reloj y esperando a que el  visor le mostrara  el D121. Cuando regresó a su asiento descubrió que había sido ocupado por un chaval que no tendría más de veinte años. Ahora tenía que seguir esperando, pero de pie. Menos mal que no se había puesto tacones. Dio largos paseos por la sala de espera de la oficina sin apartar la mirada ni un solo segundo del maldito visor que también tenía sonido para indicarla que aún no era su turno.

Después de diez minutos más de espera, llegó su turno.

-¡por fin!

Una señorita se acercó a ella para decirla que tenía que esperar unos minutos más. Pensó que esperar unos segundos más no sería tan trágico. Tomó aire y volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado más de siete minutos y la señorita que la había atendido aún no había regresado a su puesto de trabajo.

Irene se estaba descomponiendo por momentos. Estuvo a punto de levantarse y marcharse, pero no lo hizo. Volvió la cabeza y vio que la mujer que la había dejado esperando más de diez minutos volvía de la calle, hablando amigablemente con una compañera y con vaso de café en la mano.

–          Lo siento, pero es que es mi hora de desayuno

–          No puede tenerme aquí esperando. Entiendo que es su hora de desayunar, pero su puesto tendría que quedar cubierto. Es indignante que tenga la desfachatez de decirme que se ha ido a desayunar

–          Si quiere puede poner una reclamación

–          Encima, ¿se ríe de mí? ¿Para qué iba a servir? ¿Para perder más mí tiempo?

La funcionaria se puso las gafas y tecleó rápidamente el nombre, los dos apellidos y el DNI de Irene. Le hizo unas cuantas preguntas y actualizó la demanda de empleo.

–          Aquí tiene. Debe venir a sellar este papel los días indicados. Si no estuviera en Madrid alguno de esos días, puede hacerlo por Internet o en la oficina de empleo de la comunidad donde se encontrase.

–          Muchas gracias. Adiós

Irene no podía entender como había perdido más de una hora para un trámite tan sencillo. Ahora le tocaba la segunda parte. No se encontraba de humor, pero lo que tenía claro era que ella iba a salir de aquella oficina con todo en orden. No quería perder otra mañana metida en aquella oficina oscura y sin personalidad.

Volvió a pulsar el botón, pero esta vez se fijó bien en que pusiera PRESTACIÓN. Otro papelito volvió a salir por aquella boca que no dejaba de escupir papeles con números y letras.  Lo miró con desdén mientras pensaba que al menos estaría allí una hora más.

A482

Espere a ser llamado

Iba por el A415, así que tendría que volver a esperar. ¿Cuánto más  tendría que permanecer allí? Ya no podría echarle un vistazo a la ropa de la tienda de la calle de enfrente. Había quedado con Elena para comer en el centro y ya, también dudaba de que fuera a llegar a tiempo, ya que eran más de cincuenta números y visto lo visto… Para su suerte, esta sección iba algo más ligera, pero aún así tuvo que esperar más de cuarenta minutos para ser atendida.

–          Buenos días. Quería informarme de cuanto me quedará de prestación y de cuando empezaré a cobrarla.

–          A ver, ¿ha traído el certificado de empresa?

–          Si

–          ¿Y el contrato?

–          Si, aquí tiene. ¿Alguna cosa más?

–          ¿Tiene los contratos anteriores?

–          No, pero ¿es necesario?

–          No, pero así le saldría más tiempo, aunque el máximo son dos años. Déjeme ver…

El hombre que atendió a Irene parecía muy hábil en su trabajo. Introdujo los datos en el sistema y le comentó:

–          Veo que has trabajado a tiempo parcial. Si encuentras el contrato, te quedará más tiempo.

–          Yo lo que quiero es agilizar el trámite. Así que prefiero dejarlo hecho hoy.

–          Pues lamento decirla que tendrá que volver a partir del día 8, ya que su antigua empresa le ha pagado los días de vacaciones. Por lo tanto no podrá apuntarse hasta entonces

–          Entiendo…

–          En estos días puede buscar los contratos que le faltan y así tramitaremos su solicitud.

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Vuelta a la normalidad

Casi han pasado los quince días de mis vacaciones y ya estoy de nuevo en Madrid. La llegada ha sido a la hora prevista y esperaba algo más de fresquito. Los últimos días en Marrakesh han sido muy calurosos y estaba deseando volver a España para abandonar el verano, pero me he encontrado un esplendido sol y una temperatura demasiado elevada, que no corresponde a la estación del año en la que nos encontramos.

Nada más llegar a casa, lo primero que he hecho ha sido dejar las maletas y encender el ordenador. Quería ver el estado de mi facebook y sobre todo si tenía alguna novedad en el blog…solo un comentario nuevo y muy pocas visitas (imagino que el hecho de no haber escrito nada influya en este hecho).

Tras las vacaciones me toca ponerme al día con todos los proyectos que había empezado justo antes de irme: continuar el relato, empezar una crónica sobre el viaje, hacer una selección de fotos para incluirlas en el blog, leer las nuevas entradas de algunos blogs, ir al gimnasio, reestructurar el blog… y además volver a trabajar.

Estos días de adaptación van a ser duros, pero prometo que poco a poco se iran viendo los frutos.