Si pasa o no

Algo pasará, de eso no cabe duda
Y se sentó a mirar la cara de la luna.
Pisa fuerte y se va haciendo un hueco
No sé definirlo, ni si llega a tiempo.
Solo sé que no se toca y que yo no lo busqué.

Yo no sé qué va a pasar entre nosotros,
Si daremos vuelo libre hasta que de tan alto,
se nos pierda de vista.
Pierdo el pulso y ya no soy más que una parte
Que resiste aunque tarde porque sé,
que si pasa o no, nada, nada, nada cambiará.

Se paró a pensar, cuidado una sonrisa
Ya no hay marcha atrás, aunque tampoco prisa.
Hay quien es capaz, no lo llames magia
Yo no sé qué es, yo no lo busqué.

Yo no sé qué va a pasar entre nosotros,
Si daremos vuelo libre hasta que de tan alto,
se nos pierda de vista.
Pierdo el pulso y ya no soy más que una parte
Que resiste aunque tarde porque sé,
que si pasa o no, y aunque pase o no uh…

Yo no sé qué va a pasar entre nosotros,
Si daremos vuelo libre hasta que de tan alto,
se nos pierda de vista.
Pierdo el pulso y ya no soy más que una parte
Que resiste aunque tarde porque sé,
que si pasa o no, que aunque pase o no,
nada, nada, nada cambiará…

Almohada de chocolate

Esto lo escribí hace tiempo, justo al empezar el curso, por eso es posible que observeis un retroceso. Os dejo que vosotros juzgueís…

La cama se sentía incompleta. Tenía unas bonitas sábanas para cubrirse y una colcha que podía ser la envidia de cualquiera. No obstante sentía que una parte muy importante de su estructura estaba imperfecta. Ojeó varias revistas y se dio cuenta de que lo que faltaba era una buena almohada. Si, tenía una, pero si quería ser la mejor cama del mundo, tenía que tener la mejor almohada del mundo.

 Probó varias, rellena de plumas, de agua, de aceite, de semillas…

Un sinfín de materiales que no terminaban de convencer a aquella cama. La de plumas era demasiado común y no aportaba nada extra. Se parecía mucho a la que ya tenía. La de agua era demasiado fría. Quería ser original y bonita, pero a la vez quería ofrecer calidez y el agua no era muy buena idea. La almohada de aceite era demasiado densa y no le gustó la textura de las semillas. Los vendedores seguían ofreciendo un sinfín de posibilidades, pero ninguna de ellas conseguía captar la atención de la cama.

 Decidió probar en otros lugares, y ofrecían las mismas posibilidades. Hasta que por fin dio en el clavo con lo que estaba buscando. Una almohada de chocolate. No pensó en los inconvenientes, tan solo se quedó prendida de aquella almohada que le haría tener unos dulces sueños.

 Pasaron varios días, hasta que le trajeron su azucarada almohada. Leyó las instrucciones y quedó maravillada con las ventajas extra, que le aportaba aquella adquisición. También echó un vistazo a los posibles trastornos que podía causar, tales como diabetes camal o pesadillas golosas. Aún así, quiso correr el riesgo. Lo que podía ganar era más que lo que podía perder.

 Se vistió con unas sábanas de tonos marrones para estar a juego con su nueva compra.  Justo lo que andaba buscando. El sentimiento fue tan placentero que no le quedó más remedio que contarlo a todas sus vecinas. Por un momento, todas las camas del barrio querían una almohada de chocolate, más no todas podían permitírselo.

 Decidió presentarse a un concurso con su almohada recién estrenada, y vaya que si ganó. Todo el mundo quería comprar aquella cama con aquella almohada de chocolate. Ella se sentía feliz y pensó cual de todos sería su dueño.